¿Qué pasa cuando el cerebro se contamina?

Por:

El escándalo de Volkswagen ha enfocado nuestra atención en las excesivas y mal reguladas emisiones tóxicas que expiden los autos, pero más alarmantes son los estudios científicos que muestran que éstas afectan no sólo nuestros sistemas cardiovasculares y respiratorios, sino también nuestros cerebros.

La BBC tuvo acceso a investigaciones de vanguardia que indican que laCONTAMINACIÓN contaminación puede incluso retardar el desarrollo del cerebro de los niños.

De hecho, la contaminación se ha convertido en el mayor riesgo medioambiental para la salud: causa 7 millones de muertes prematuras anuales a nivel mundial.

Pero lo más preocupante es que estudios recientes están mostrando que apenas estamos empezando a entender cuánto daño puede hacerle la polución a nuestros cuerpos.

“Hemos sabido desde hace tiempo que afecta nuestros pulmones y corazón -causando fallos cardíacos y afecciones pulmonares-, pero las asociaciones con el cerebro son más sorprendentes”, le dice a la BBC Frank Kelly, del departamento de Salud Ambiental de King’s College London.

“Al principio de la vida, hay niños con dificultades de aprendizaje, autismo y trastornos por déficit de atención, y al final de la vida hay adultos con problemas neurodegenerativos como demencia, Alzheimer y Parkinson”, añade.

3.000 niños

El Centro de Investigación en Epidemiología Ambiental (CREAL) de Barcelona, España, está en la vanguardia del estudio de los efectos de la contaminación en el cerebro.

En su más reciente estudio, midieron los niveles de polución en 39 escuelas primarias en la ciudad. Después, examinaron el desarrollo cognitivo de los 3.000 alumnos.

“Y lo que encontramos fue que los niveles de contaminación en los salones de clase y los corredores estaban relacionados con el desarrollo de las funciones cerebrales y también con los síntomas clínicos de problemas de conducta”, le explicó a la BBC Jordi Sunyer Deu, el director científico adjunto e investigador de CREAL.

A algunos de los niños les escanearon el cerebro usando imagen por resonancia magnética funcional (IRMf), y los resultados preliminares mostraron que los cerebros de los niños que están en áreas de polución alta responden más lentamente a los estímulos visuales y auditivos.

“La conclusión general de nuestro estudio y de todos los estudios es que la contaminación del aire está ralentizando la actividad de nuestras neuronas”, señaló Sunyer Deu.

Y, ¿cómo afecta a los adultos?

“Sabemos que esto está ocurriendo en la infancia, pero también tenemos varios estudios que muestran lo mismo en los adultos, en las últimas etapas de nuestra vida: la decadencia cognitiva se acelera debido a la polución atmosférica”, dice el investigador de CREAL.

¿Cómo llegan estas partículas tóxicas a nuestro cerebro?

Se han identificado tres vías potenciales.

  1. Aspiramos las partículas contaminantes y estas llegan a nuestros pulmones. Muchas son lo suficientemente pequeñas como para pasar directamente a nuestra sangre y circular hasta el cerebro.
  2. Los contaminantes mismos pueden no estar llegando al cerebro sino estar actuando como portadores de otras moléculas tóxicas que se difunden más fácilmente por nuestro torrente sanguíneo.
  3. Recientemente, los científicos han planteado otra posibilidad: que los contaminantes viajan directamente a través de la nariz al cerebro, por la vía del nervio olfativo, sin pasar del todo por el torrente sanguíneo.

Se piensa que cuando esas partículas llegan al cerebro, causan una inflamación que puede lesionar el tejido cerebral.

Desde el vientre

Con más de la mitad de la población del mundo viviendo en ciudades, éste es claramente un problema global.

Y es posible que el problema empiece antes de nacer.

“En las últimas décadas, hemos aprendido mucho sobre la vulnerabilidad del feto y nos hemos percatado de que la placenta no es una barrera tan perfecta como pensábamos”, le dijo a la BBC Frederica Perera, de la División de Salud Ambiental de la Universidad de Columbia, EE.UU.

“En nuestro estudio, en Nueva York, le hicimos seguimiento a mujeres embarazadas y sus hijos. Al examinar la relación entre la exposición prenatal a los contaminantes tóxicos, encontramos que la exposición alta estaba asociada a más problemas cognitivos y de conducta en los niños”, señaló.

El equipo hizo escáneres IMR para mostrar cómo la exposición a la polución atmosférica en el vientre afectaba el volumen del cerebro cuando cumplían 8 años de edad.

“Lo que descubrimos fue impresionante”, dijo Bradley Peterson, de la Universidad Southern California.

“Vimos reducciones directas de volumen, particularmente en el hemisferio izquierdo, no el derecho, del cerebro. El efecto era muy asimétrico”.

“Cuando revisamos debajo de la superficie del cerebro, encontramos menos sustancia o materia blanca”, agregó.

“Cuanto más marcada era la anomalía, mayores los problemas que estos niños tenían para procesar información. Además eran muy desatentos, impulsivos y agresivos. Tenían los síntomas de trastorno por déficit de atención con hiperactividad”.

“Es extremadamente inquietante: para mí, implica que la cantidad de polución a la que estamos expuestos está creando una pesadilla para la salud pública”, concluyó Peterson.

¿Cómo vamos a enfrentar este enorme problema?

“Sabemos que los niveles de contaminación se deben principalmente al tráfico la mayor parte del tiempo. Sabemos que el combustible diésel juega un rol protagónico en este caso, así que una de las soluciones obvias es hacerle frente inmediatamente a los problemas con los sistemas de transporte público en las ciudades”, opina Frank Kelly, de Kings College London.

“Por supuesto que tenemos que librar a las ciudades de los vehículos con esos motores contaminantes. Y para hacerlo, tenemos que cambiar la manera en la que nos transportamos; la movilidad de las ciudades tiene que transformarse”, declara Jordi Sunyer Deu de CREAL.

Es sorprendente cuán convencidos están los científicos que hablaron con la BBC de que la contaminación atmosférica está perjudicando nuestros cerebros, además de nuestros corazones y pulmones.

Pero el reto es formidable pues los autos y sus combustibles están entretejidos con la trama de nuestras ciudades y sus vidas cotidianas.

FUENTE: BBC

__________________________________________________________

Contacto email: promociondelasalud.sepis@gmail.com

Antes de enviar una respuesta lea nuestro aviso legal.

Anuncios

¿Por qué cada vez más ciudades prohíben el poliestireno?

Nueva York es la ciudad más reciente en incorporase a la lista de ciudades en Estados Unidos que prohíbe el uso de envases desechables de poliestireno expandido (EPS, por sus siglas en inglés).

Con la entrada en vigor de esta normativa, ya son más de 70 las ciudades estadounidenses (Washington DC, San Francisco, Minneapolis, Portland y Seattle entre ellas) que prohíben su utilización, mientras que en varias ciudades del mundo como París o Toronto el tema es objeto de debate.POLIESTIRENO

¿Pero qué es exactamente y por qué este material -que en algunos países se conoce como telgopor, icopor o poliespan, por mencionar sólo algunos nombres- es tan criticado por los ambientalistas?

¿Qué es?

El poliestireno fue inventado por el científico estadounidense Otis Ray McIntire en 1941.

Para fabricarlo, hay que mezclar al vapor pequeñas cuentas del polímero poliestireno con productos químicos hasta que estas cuentas aumenten 50 veces su volumen original.

Una vez que estas bolitas se enfrían y se asientan, se colocan en un molde (puede ser un recipiente, un vaso) y se las vuelve a expandir con calor, hasta que el molde queda completo y se fusionan todas las pelotitas.

¿Por qué es tan malo para el medio ambiente?

Aunque las cantidades de poliestireno que se tiran a la basura son menores en comparación con las de plástico, los ambientalistas afirman que este material causa graves daños cuando ingresa en los ecosistemas marinos y contamina las aguas.

POLIESTIRENO Y PLÁSTICOSegún Douglas McCauley, profesor de Biología Marina de la Universidad de California, EE.UU., el poliestireno genera dos clases de problemas para los animales marinos: mecánicos y biológicos.

“El origen del problema mecánico es muy simple”, dice McCauley. “Con mucha frecuencia encontramos poliestireno en los intestinos y eso provoca bloqueos que pueden ser letales”, dice.

“Si piensas lo preocupante que puede ser un bloqueo leve por la ingestión de algo malo, imagínate lo que puede causar la ingestión de una bola entera de poliestireno extruido. Eso es lo que les pasa a algunos de los animales”, añade.

Desde un punto de vista químico, las propiedades absorbentes del poliestireno lo hacen aún más peligroso.

“Esencialmente, el poliestireno actúa como una pequeña esponja, recogiendo y concentrando algunos de los contaminantes más dañinos que hay en el océano”, señala McCauley.

“Luego, la ve una tortuga marina y se la come pensando que es una medusa”.

Y no es solo malo para los peces y los océanos. Puede ser nocivo para el ser humano también.

“Es muy preocupante que algunos de estos peces que se alimentan de plásticos acaben en nuestro plato”.

¿Por qué no se recicla?

Reciclarlo es muy difícil.

“No está demostrado que el reciclaje del poliestireno sea posible a gran escala y no se ha probado que exista un mercado para él”, explica Kathryn García, comisaria de Sanidad de la ciudad de Nueva York.

Debido al procedimiento químico que se emplea para convertir lasPOLIESTIRENO Y COLILLAS pelotitas de poliestireno en EPS es casi imposible transformar, por ejemplo, un plato de este material en un recipiente con otro formato.

“No puedes tomar un vaso (…) y moldearlo otra vez porque ya se ha expandido”, explica Joe Biernacki, profesor de ingeniería química de la Universidad Tecnológica de Tennessee. “Lo que hace falta son bolitas de poliestireno virgen”.

Actualmente se está investigando la posibilidad de desarmar el material en pelotitas a un costo asequible, pero hasta la fecha hay muy pocas maneras prácticas de reciclarlo.

Otro método que se ha puesto a prueba es el reciclaje térmico. En este proceso, el EPS reciclado se quema en incineradores municipales, lo cual genera dióxido de carbono y vapor de agua.

Esto lo convierte en un buen combustible para los programas que emplean calor para generar energía a partir de desechos.

Si bien esto puede ser una práctica efectiva para reutilizar el poliestireno, las desventajas son el costo de transportar el material -liviano pero voluminoso- hacia los centros de reciclaje.

¿Cuáles son las alternativas?

McDonalds dejó de usar EPS en 2013 y lo reemplazó con alternativas basadas en papel.

Los vasos de Dunkin Donuts están hechos de un compuesto más fácilmente reciclable: polipropileno. El problema de este compuesto es que es más caro.

Fuente: BBC Mundo

__________________________________________________________

Contacto email: promociondelasalud.sepis@gmail.com

Antes de enviar una respuesta lea nuestro aviso legal.

La OMS calcula que las muertes y enfermedades por la contaminación del aire cuestan a Europa unos 1,4 billones de euros.

Un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha revelado que el coste económico de las cerca de 600.000 muertes prematuras y todas las enfermedades causadas por la contaminación atmosférica en Europa ascendería a unos 1,6 billones de dólares cada año, unos 1,4 billones de euros, una cifra equivalente a la décima parte del Producto Interior Bruto (PIB) de la región en 2013.

En España, según el informe, que utiliza datos de 2010 y 2012, el coste ascendería a unos 42.951 millones de dólares (unos 38.000 millones de euros), lo que representa el 2,8 por ciento del PIB.

El trabajo, el primero que analiza estos parámetros en Europa, ha sido presentado por la Oficina Regional de este organismo de Naciones Unidas para Europa y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), con motivo de la reunión de alto nivel sobre salud y medio ambiente que se celebra esta semana en Haifa (Israel).

“La evidencia que tenemos debe servir a las autoridades como razón de peso para actuar. Si los diferentes agentes se unen para combatirlo, no sólo se salvarán vidas, sino que también se traducirá en cantidades sorprendentes de dinero”, ha defendido Zuszanna Jakab, directora regional de la OMS en Europa.

El informe recuerda que más del 90 por ciento de los ciudadanos europeos están expuestos a niveles de partículas finas en el aire superiores a las directrices de calidad del aire que fija la propia OMS, lo que se tradujo en 2012 en cerca de 482.000 muertes prematuras por cáncer de pulmón, enfermedades respiratorias y cardiovasculares.

A ellas habría que sumar unas 117.200 muertes adicionales como consecuencia de la contaminación del aire interior, principalmente en países de bajos ingresos, donde la mortalidad relacionada con esta causa fue cinco veces mayor que en países más ricos.

Los autores del estudio calcularon que, sólo teniendo en cuenta estas muertes prematuras, el coste en Europa ascendería a unos 1.431.499 millones de dólares (unos 1,2 billones de euros). Sin embargo, a ello habría que sumar un 10 por ciento más de esta cantidad como consecuencia del coste de las enfermedades asociadas.

En virtud de estos cálculos, en al menos 10 países de los 53 que componen la región europea este coste superaría al 20 por ciento de su PIB nacional.

Los países del Este respiran un aire menos sano

Al país que sale más cara la contaminación de su aire sería Georgia, donde representa el 35,2 por ciento de su PIB, seguido de Rusia (33,5%), Bulgaria (29,5%) y Ucrania (26,7%).

En cambio, en los países nórdicos su impacto económico es mucho menor, ya que en Noruega apenas representa el 0,3 por ciento de su PIB, seguido de Finlandia (0,7%), Islandia (0,8%) o Suecia (0,9%).

“La reducción de la contaminación del aire se ha convertido en una prioridad política”, ha añadido Christian Friis Bach, secretario ejecutivo de la Comisión Económica de Naciones Unidades para Europa (CEPE).

De hecho, otro informe que presentarán de manera conjunta la OMS y la CEPE muestra cómo hasta uno de cada cuatro europeos cae enfermo o fallece de forma prematura como consecuencia de la contaminación ambiental. Además, los avances en temas clave como la mejora de la calidad del aire y el agua, la protección de los menores o la exposición a productos químicos han sido muy desiguales entre unos países y otros.

Fuente: médicos y pacientes

__________________________________________________________

Contacto email: promociondelasalud.sepis@gmail.com

Antes de enviar una respuesta lea nuestro aviso legal.

Surcando océanos de plástico.

Por Javier Rico

El 70% de la basura que hay en los océanos son plásticos, en su

OCÉANOS DE PLÁSTICO Foto: CSIC

OCÉANOS DE PLÁSTICO
Foto: CSIC

inmensa mayoría procedente de tierra firme. Casi un millón de aves marinas y 100.000 tortugas y mamíferos marinos mueren cada año tras ingerir o enredarse con este tipo de residuos. Analizamos por qué decenas de acuerdos internacionales no logran detener la progresiva contaminación marina.

Hasta dieciocho acuerdos o convenios internacionales velan por la buena salud de los mares y océanos del planeta. Por poner ejemplos cercanos, España está concernida directamente por el Convenio para la Protección del Mar Mediterráneo contra la Contaminación (Convenio de Barcelona) y por el Convenio para la Protección del Medio Marino del Atlántico Nordeste (Convenio Ospar, acrónimo de las ciudades desde donde se impulsó: Oslo y París). Todos están englobados en el proyecto de Mares Regionales del Programa de las Naciones Unidas del Medio Ambiente (PNUMA), que, a su vez, tiene una iniciativa «paraguas» denominada Programa de Acción Mundial para la Protección del Medio Marino frente a las Actividades Realizadas en Tierra.

Hay más: la Organización Marítima Internacional (OMI), organismo que también depende de la ONU, impulsó el Convenio Internacional para Prevenir la Contaminación desde Buques (Convenio Marpol, acrónimo de polución marina), que regula el vertido de todo tipo de residuos sólidos, líquidos y gaseosos y que actualmente han suscrito 152 Estados.

A toda esta prolija sucesión de acuerdos internacionales de obligado cumplimiento por los países firmantes, se podría unir otra no menos prolija normativa que en cada país protege sus costas y mares. ¿Protege? A tenor de las conclusiones sacadas del XVI Foro sobre Mares Regionales y Planes de Acción que se celebró en Atenas a comienzos del mes de octubre bajo el auspicio precisamente del PNUMA, tanto esfuerzo legislativo no se corresponde con la situación real de la superficie marina. 

Mette Løyche Wilkie, directora de la División de Implementación de Política Ambiental del PNUMA, reconoce que «cada año se arrojan entre 10 y 20 millones de toneladas de residuos plásticos que constituyen una grave amenaza para la vida marina». Además del daño a la biodiversidad, Wilkie dio a conocer el coste económico anual que supone esta carga contaminante: 13.000 millones de dólares. Y solo hablamos del plástico y, advierten desde el PNUMA, con estimaciones conservadoras.

Labores de investigación y denuncia continua no faltan. El propio PNUMA, ONG especializadas en el medio marino y la National Academy of Sciences de Estados Unidos arrojan estudios en los que sostienen que el 80% de la basura procede de tierra firme, que entre el 60% y el 80% son plásticos y que cerca de un millón de aves marinas y 100.000 tortugas y mamíferos marinos mueren cada año tras ingerir o enredarse con este tipo de residuos.

Uno de los más ambiciosos proyectos de investigación sobre el estado de los mares tiene patente española. La expedición de circunnavegación Malaspina 2010, dirigida por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) e integrada por más de 400 científicos de todo el mundo, estudió el impacto del cambio global en el ecosistema del océano y exploró su biodiversidad. Los científicos tomaron cerca de 200.000 muestras de agua, plancton, partículas de la atmósfera y gases en 313 puntos de los océanos Índico, Pacífico y Atlántico, con profundidades de hasta 6.000 metros.

«Tres años después de que el buque Hespérides regresara a España culminando la vuelta al mundo de la expedición Malaspina, los científicos tienen una idea cada vez más clara sobre cómo funciona el océano global y cuál es su estado de salud. En concreto, la entrada de contaminantes procedentes de la atmósfera no se limita a las zonas costeras, sino que se produce también en las zonas más remotas del planeta y ya ha empezado a afectar al ecosistema oceánico». Así resumía el CSIC las primeras conclusiones previas a un congreso celebrado en Barcelona en septiembre de 2014 que ponía fin al proyecto.

Los plásticos también han estado presentes en las labores de investigación de la expedición, corroborando la presencia de grandes cantidades de fragmentos minúsculos en el giro del Atlántico Sur, una zona alejada de los continentes y donde la actividad industrial humana es casi inexistente. Los científicos temen que estos plásticos puedan llegar a interferir en la dinámica de las comunidades naturales marinas en esta zona. 

Pero el problema de los plásticos en el mar, como resaltan desde el CSIC, tiene «carácter planetario» y se asocia a términos populares como «islas de basura» o «islas de plástico». «Los investigadores han demostrado, a partir de las muestras recogidas a bordo, que existen cinco grandes acumulaciones de residuos plásticos en el océano abierto, que coinciden con los cinco grandes giros de circulación de agua superficial oceánica», se explica en la información derivada de la expedición.

Carlos Duarte, profesor de investigación del CSIC y coordinador del proyecto, aclara que «se trata de los giros subtropicales, las zonas centrales de los océanos que, a ambos lados del Ecuador (hay cinco porque no existe giro subtropical del Índico en el hemisferio Norte, al estar la zona ocupada por Asia), quedan aisladas de los grandes sistemas de corrientes que los rodean y que transportan los desechos plásticos flotantes a estas zonas; también se los conoce como los desiertos oceánicos». Un organismo denominado precisamente 5 Gyres Institute publicaba recientemente en la revista científica PLoS One un estudio que cuantifica en cinco billones los plásticos de todos los tamaños que flotan en los mares del planeta, con un peso aproximado de 270.000 toneladas.

La expedición Malaspina dará aún más que hablar, ya que faltan por publicar datos referidos a las muestras tomadas para caracterizar, «por primera vez a escala planetaria», la abundancia y el ciclo global de contaminantes orgánicos persistentes, incluyendo, entre otros, PCB, hidrocarburos policíclicos aromáticos, dioxinas, metales pesados y contaminantes fluorados. «Con estas muestras, será posible establecer las transferencias de estos compuestos de la atmósfera al agua del mar, su absorción por el plancton marino y su propagación en las cadenas tróficas del plancton oceánico», concluyen desde Malaspina.

El trabajo de esta expedición demuestra el variado cóctel tóxico que reciben las aguas marinas en todo el mundo. Oceana es una asociación volcada en el estudio y defensa de estos ecosistemas y que tiene en el punto de mira dos de los contaminantes más problemáticos estudiados por Malaspina: los hidrocarburos y el mercurio. El informe La otra cara de las mareas negras ya desvelaba que «la contaminación crónica por hidrocarburos producida por el lavado de tanques, vertido de aguas de sentinas y otros residuos oleosos supone un peligro, al menos, tres veces superior al representado por las mareas negras provocadas por los accidentes en buques petroleros».

Aves marinas, tortugas y cetáceos vuelven a ser las víctimas más evidentes de una cadena trófica afectada por este goteo continuo de vertidos. Oceana pone ejemplos: «en las aguas atlánticas de Canadá, el 62 % de las aves encontradas muertas en las playas procedían del vertido rutinario de hidrocarburos al mar; en la costa del Mar del Norte, entre el 37 % y el 46 % de las aves encontradas muertas habían sido petroleadas; un estudio sobre las tortugas capturadas en palangreros en el Mediterráneo central encontró muestras de contaminación por hidrocarburos y otras basuras flotantes en el 20 % de los especímenes muestreados».

El mercurio es uno de esos elementos químicos «viajeros» que por el aire o por vía acuática se trasladan desde puntos de emisión tierra adentro hasta el mar. En Oceana explican que «como se acumula en la flora y la fauna mediante un proceso llamado bioacumulación, los animales que se encuentran en lo alto de la cadena trófica son los que cuentan con más mercurio, como el atún y el pez espada».  Avalada por estudios científicos, en junio de 2011, la entonces Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición recomendaba que embarazadas y menores de tres años no consumieran pez espada, tiburón o atún rojo, y que los niños de 3 a 12 años no superasen los 50 gramos a la semana.

A pesar de la gran variedad de acuerdos, tratados y convenios que, respetados, deberían ayudar a pintar otro panorama de nuestros mares, sus aguas siguen «turbias». Ricardo Aguilar, director de Investigación y Proyectos de Oceana en Europa, señala que «no es por falta de legislación, sino por falta de aplicación». Y pone el ejemplo del vertido rutinario, por negligencia o intencionadamente, de hidrocarburos: «el 99 % no se persigue, es como en el caso de los incendios, que la mayoría quedan impunes». Aguilar recuerda el caso del último vertido sufrido en nuestras costas, en las de El Cabrón, en Gran Canaria: «algo falla cuando son los voluntarios los que dan la voz de alarma y los primeros en recoger las manchas de fuel y no se persigue inmediatamente el rastro del vertido; por supuesto, no se detuvo a nadie».

Del XVI Foro sobre Mares Regionales y Planes de Acción celebrado en Atenas salió el compromiso, uno más, de reforzar las políticas que frenen esta degradación. Confían en que la inclusión de la meta para «conservar y utilizar de manera sostenible los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible», que forma parte de los diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible que tomarán el relevo a los Objetivos del Milenio, ayude en esa dirección.

Más información:

Regional Seas Conventions and Action Plans: 

www.unep.org/regionalseas/

Global Programme of Action for the Protection of the Marine Environment from Land-based Activities:

 www.gpa.unep.org/index.php/about-gpa

Expedición Malaspina del CSIC: www.csic.es/web/guest/malaspina-2010

Oceana: www.oceana.org

Fuente: ethic

__________________________________________________________

Contacto email: promociondelasalud.sepis@gmail.com

Antes de enviar una respuesta lea nuestro aviso legal.

Cambio climático y salud humana.

Conferencia de la OMS sobre salud y clima: información de fondo.Health and Climate Conference

Las perturbaciones climáticas pueden poner en peligro la seguridad de la salud con fenómenos meteorológicos extremos y brotes de enfermedades infecciosas. La contaminación atmosférica aumenta la carga de las enfermedades no transmisibles. Si se presta una mayor atención a las medidas de salud pública preventivas, puede aligerarse la presión que recae sobre los servicios de salud y fomentarse un entorno más propicio para la consecución de la cobertura sanitaria universal.

Desde el 2008 la Organización Mundial de la Salud viene demostrando su capacidad de liderazgo en la concienciación de los peligros que supone el cambio climático para la salud. En concreto, la OMS facilita pruebas científicas y orientaciones técnicas y ha puesto en marcha métodos innovadores para proteger la salud frente a los riesgos climáticos

Es necesario impulsar un planteamiento más concreto y sistemático para la protección de la salud que esté encabezado por la comunidad sanitaria, en coordinación con otras partes interesadas.

Fuente: OMS

___________________________________________________________

Información revisada por el Consejo de Redacción de SEPIS-2010.

Contacto emailpromociondelasalud.sepis@gmail.com

Antes de enviar una respuesta lea nuestro aviso legal.

Tu barrio cuida de ti.

  • Vivir en zonas que invitan a caminar reduce la incidencia de diabetes y obesidad.

  • Cada vez más estudios demuestran la importancia del entorno físico en la salud humana.

Por: María Valero. > Madrid. 18/6/2014

Vivir en una zona urbana en la que es fácil salir a caminar, donde hay abundancia de comercios de barrio o se puede llevar a los niños al colegio andando o en bicicleta puede ser una buena receta para controlar la obesidad y la diabetes. Cada vez son más los estudios que demuestran la influencia del entorno urbano en nuestra salud y un nuevo trabajo presentado en la reunión anual de la Asociación Americana de Diabetes así lo ratifica.

Marisa Creatore y su equipo de epidemiólogos del Hospital St. Michael de Toronto (Canadá) acaban de presentar sus conclusiones en la reunión científica sobre diabetes que estos días se está celebrando en San Francisco (EEUU).

Entre otras cosas, tras analizar la cuestión durante años en varias áreas metropolitanas del sur de Ontario, Creatore y su equipo concluyen que los barrios más caminables se asocian con una reducción del 7% de la incidencia de diabetes al cabo de 10 años y una disminución de las tasas de obesidad de casi el 10% en el mismo periodo.

En contraposición, los barrios con menos facilidades para salir a caminar, la diabetes y la obesidad se incrementaron en el mismo periodo una tasa del 6% y el 13%, respectivamente.

Según han explicado en alguna ocasión, la definición de un barrio favorable al ejercicio físico integra elementos como la presencia de zonas verdes, escuelas, comercios locales (especialmente donde adquirir frutas, verduras y otros productos frescos), espacios públicos recreativos o centros de salud.

Además, como han explicado en su presentación en San Francisco, influyen otros factores como la interconectividad de las calles y la facilidad para encontrar ciertos servicios a una distancia que se pueda recorrer caminando. En su estudio, además, se tuvo en cuenta la salud de los participantes de inicio, para descartar que las personas más sanas tiendan a elegir para vivir barrios más sanos y eso hubiese podido influir en los resultados.

“El modo en que construimos nuestras ciudades importa en términos de salud”, ha señalado por su parte Gillian Booth, otro de los investigadores de este equipo. “Ésta es una pieza del puzzle en la que podemos intervenir. Como sociedad hemos desterrado la actividad física de nuestras vidas, mientras que cada oportunidad que tengamos para ir a la tienda de la esquina, llevar a los niños andando al colegio o sacar al perro a pasear puede estar influyendo en nuestro riesgo de desarrollar diabetes o sobrepeso”.

En el estudio que acaban de dar a conocer, los beneficios del entorno físico sólo se apreciaron en los grupos de edad más jóvenes, pero no en los mayores de 65 años, una cuestión a la que de momento no han dado una explicación.

Cada vez más investigaciones ahondan en esta relación entre la salud y el entorno físico en el que vivimos. Algunos estudios, por ejemplo, han demostrado que vivir cerca de áreas verdes mejora parámetros como la ansiedad, la calidad de sueño o la tasa de partos prematuros.

Fuente: EL MUNDO SALUD

________________________________________________________

Información revisada por el Consejo de Redacción de SEPIS-2010.

Contacto email: promociondelasalud.sepis@gmail.com

Antes de enviar una respuesta lea nuestro aviso legal.

Contra la desazón, la pasividad y el negacionismo ambiental “¿Podemos actuar sobre las causas ambientales del enfermar? Podemos”.

Por: Miquel Porta i Serra, coautor del Manual de Epidemiología y Salud Pública

Muchos compuestos químicos artificiales usados en la agricultura y la ganadería en las últimas décadas han rendido numerosos y legítimos beneficios humanos, sociales y económicos. Pero ¿se han utilizado sin producir efectos adversos? Nuestra intuición nos dice que no. Y los conocimientos científicos también nos dicen que tantas ventajas no nos han salido ‘gratis total’. Nuestra intuición –y un cierto sentido del deber– también nos dicen que n­o tenemos derecho a negar la factura que pagamos por utilizar tantos compuestos químicos artificiales. Y que no tenemos derecho a no trabajar para rebajar esa factura.

“Nuestros hallazgos y sus implicaciones fueron rápidamente escondidos bajo la alfombra. Los hechos que ponen en duda asunciones básicas –y que por tanto amenazan el modus vivendi y la autoestima de la gente– simplemente no son absorbidos. La mente no los digiere.”

Daniel Kahneman

El maravilloso libro de Daniel Kahneman (psicólogo, premio Nobel de economía), Pensar rápido, pensar despacio, presenta un fascinante abanico de experimentos e ideas sobre la capacidad humana de sustituir las preguntas difíciles y desagradables por preguntas más fáciles y llevaderas, o sobre nuestra tendencia a orillar el análisis más racional en favor de otras aproximaciones más intuitivas, emocionales o agradables, con todos los errores que ello conlleva, aunque también con algunas ventajas. “Somos buscadores de patrones creíbles, creyentes en un mundo coherente”, dice Kahneman.

También por ello nos impresionan las investigaciones valientes de los periodistas sobre alimentación, medio ambiente y salud. Muchas de ellas describen hechos literalmente espeluznantes.

¿Podemos de verdad convencernos a nosotros mismos de que no hay para tanto? A menudo el buen periodismo de investigación nos presenta hechos de estremecedora dureza. Reales como la vida misma. Esa de la que tan a menudo solo queremos ver la parte amable. Periodismo que habla de “hechos reales” en “personas humanas” que sufren un dolor insoportable, lacerante. Que sucumben ante la enfermedad y la muerte misma.

La investigación periodística rigurosa nos sacude y nos aleja del negacionismo con el que muchos reaccionamos ante las informaciones. Informaciones acerca de –por ejemplo– el funcionamiento de la megaindustria ganadera y agrícola. Fascinante pues y, a ratos, increíble periodismo. Increíble no porque los hechos que narra no parezcan veraces, que lo parecen y lo son. O porque los periodistas exageren los riesgos; más bien al contrario, sospecho que muchos profesionales de la investigación ejercen una considerable prudencia ante hechos que resquebrajan algunos de nuestros mitos (sanitarios, alimentarios y ambientales, por ejemplo).

Si creo que a veces el buen periodismo parece increíble es a causa de la natural tendencia humana a no creer lo que con todo rigor se nos cuenta si es desagradable; a causa de la inclinación que solemos tener a negar las causas más plausibles, a negar lo evidente cuando nos pone de bruces ante nuestro consumismo, derroche, hábitos tóxicos, falta de educación y conciencia; a causa de nuestro desprecio hacia la naturaleza y hacia nosotros mismos, hacia nuestra salud y nuestra dignidad.

También puede dar alas a las actitudes e ideologías más negacionistas o cobardes que, a veces, los procesos narrados en los medios de comunicación transcurren en otros países. Mas ¿alguien puede pensar cabalmente que las cosas son muy distintas en España? En lo referente a los daños que las industrias más obsoletas infligen a los animales o al medio ambiente, es evidente que no son muy distintas. Para responder de forma reflexiva a la pregunta podemos, en primer lugar, repensar lo dicho en el párrafo anterior.

En segundo lugar, podemos pensar si las causas estructurales y los agentes responsables de lo que ocurre en otro país (Francia o Alemania, por ejemplo) –intereses económicos, cultura profesional y procedimientos de las organizaciones agrícolas, procesos de asignación de subvenciones, hábitos de los consumidores…– son muy distintos en España. Lo cierto es que muchos no lo son.

Y podemos, en tercer lugar, pensar si en nuestro país somos más independientes que en otros de los centros y redes de producción y decisión económica internacional; los que cada día atizan la desregulación global de los sistemas económicos y, entre éstos, de los gigantes agentes agrícolas y ganaderos… Cuando leemos las prácticas perversas de algunas cooperativas francesas podemos perfectamente pensar en sus colegas leridanos, castellanos o extremeños, y en los chinos, indios o argentinos, entre muchos otros. Tampoco las razas de animales y los piensos parecen hoy tan distintas en los distintos países, por poner otro ejemplo. Las cosas en España son dramáticamente similares a las que ocurren en otros países, no nos engañemos. Claro que hay diferencias, solo faltaría.

Tras investigar lo que ocurre –en conexión con los hechos que descubren–, quienes pueden practicar el buen periodismo ponderan posibles explicaciones, significados y conclusiones. Por ejemplo, que “existe una relación entre las tierras quemadas de nuestros campos y las células inflamadas de nuestros cuerpos, entre lo que ocurre en el suelo y en las células de nuestro organismo”, o que “lo que comen los animales que comemos tiene una incidencia directa sobre nuestra salud”. ¿Cómo es posible que tengamos que recordarlo, que no sea algo importantísimo para todos los españoles cada día? Pues sí, tenemos que recordarlo… probablemente porque es demasiado doloroso tener conciencia de ello. Y probablemente también porque tenemos conciencia de lo difícil que es hacer algo práctico para mejorar el problema, actuar sobre las causas y paliar sus consecuencias (para la salud, por ejemplo).

Pues, en efecto, “a pesar de su coste prohibitivo, la agricultura actual no respeta ni el pacto social que la vincula a los campesinos, ni el pacto ambiental que la vincula a las generaciones futuras, ni siquiera el pacto de salud pública que la vincula a todos nosotros. Además de la factura alimentaria y ecológica, el consumidor paga también, y a un precio muy elevado, la factura de la salud. De la manzana a los tomates, del trigo a las patatas, todos los sectores de la agricultura, todo lo que compone nuestra comida diaria se produce prescindiendo del sentido común. Resultado final: un agricultor agotado y desesperado, un consumidor justamente desconfiado y una astronómica factura social, ambiental y de salud pública”.

Mantener la calidad de vida y disminuir la ‘factura’ que los tóxicos nos cobran

Es evidente –debería ser evidente para todos– que muchos compuestos químicos artificiales usados en la agricultura y la ganadería en las últimas décadas han rendido numerosos y legítimos beneficios humanos, sociales y económicos. Pero el debate no puede quedar enmarcado (aprisionado) exclusivamente en esta constatación, nuestra reflexión debe incorporar también otros hechos y preguntas. Una de ellas es: ¿se han utilizado tales compuestos sin producir efectos adversos, sin ningún perjuicio humano o ambiental, sin que nos hayan pasado ‘factura’ alguna? Nuestra intuición nos dice que no. Y los conocimientos científicos también nos dicen que tantas ventajas no nos han salido ‘gratis total’. Nuestra intuición –y un cierto sentido del deber– también nos dicen que n­o tenemos derecho a negar la factura que pagamos por utilizar tantos compuestos químicos artificiales. Y que no tenemos derecho a no trabajar para rebajar esa factura.

Entre los compuestos químicos artificiales o de síntesis, a los investigadores médicos nos preocupan especialmente ciertos compuestos tóxicos persistentes (CTP). Pues, hoy, un considerable cuerpo de conocimientos científicos indica que los CTP tienen una fuerte relación con algunas de las enfermedades más frecuentes y graves que afectan a los seres humanos. Pesticidas y residuos industriales tienen efectos inmunosupresores, oxidativos, proinflamatorios, neurotóxicos, endocrinos, metabólicos, genotóxicos indirectos y epigenéticos. Tanto los conocimientos sobre los mecanismos de acción de los CTP como las observaciones en animales y seres humanos indican que contribuyen a causar transtornos y enfermedades como la infertilidad y ciertas anomalías congénitas, problemas de aprendizaje y otros transtornos de la conducta, diabetes tipo 2 y quizá obesidad, diversos tipos de cáncer, o las enfermedades de Alzheimer y Parkinson.

Los CTP y otros contaminantes se encuentran en muchos alimentos que ingerimos a diario, circulan por nuestra sangre y se almacenan en nuestro organismo. Suelen llegar hasta nosotros en dosis bajas, sobre todo a través de las partes más grasas de los alimentos. Se disuelven en las grasas, y el organismo no los puede excretar. Así que los vamos acumulando a lo largo de nuestra vida en el hígado, el páncreas, el sistema nervioso… Si ahora dejáramos de estar expuestos a ellos, su concentración en nuestro cuerpo tardaría de diez a treinta años en reducirse a la mitad.

Son ejemplos de CTP el plaguicida DDT y su principal producto de degradación, el DDE; el hexaclorobenceno (HCB) y los hexaclorociclohexanos (HCH) (el lindano, entre ellos); las dioxinas y los policlorobifenilos (PCB); o los compuestos polibrominados. Está ampliamente demostrado que la principal vía de entrada de estos contaminantes en nuestro organismo es la ingesta de alimentos ricos en grasas, principalmente de origen animal, y que la contaminación por CTP no es un fenómeno minoritario ni aislado, sino un hecho generalizado en la mayoría de países postindustriales del mundo; así, por ejemplo, compuestos como el p,p’-DDE, HCB, β-HCH y PCB se detectan habitualmente en la casi totalidad o en la totalidad de la población general, a menudo a concentraciones elevadas. 

Aunque es común pensar lo contrario, los estudios científicos coinciden en que la contribución de la alimentación a las concentraciones de CTP de los adultos de la población general sana es muy superior a la contribución de la profesión y el lugar de residencia; se calcula que más del 97% de los niveles corporales de CTP del ciudadano medio occidental se deben a la contaminación alimentaria.

La contaminación humana por compuestos químicos es un conflicto socioecológico, político y sanitario inherente, en buena medida, a nuestros modelos de economía y cultura, a cómo vivimos. Es el resultado de nuestras actuales estructuras económicas y nuestra organización social y cultural, de hábitos individuales y colectivos. Consecuencia de las políticas públicas y privadas que promovemos o aceptamos pasivamente.

No es pues razonable, ni moralmente correcto pretender que demos un “cheque en blanco” a quienes venden, utilizan o aceptan contaminantes en los procesos de fabricación de alimentos presumiblemente aptos para el consumo humano. O a quienes no consiguen controlar la presencia de tóxicos en las cadenas alimentarias de los animales y las personas. No es razonable que aceptemos la propaganda superficial que difunden quienes nos quieren hacer creer que los CTP y otros agentes químicos ambientales solo han tenido efectos positivos y no tienen impactos trágicos en la salud de las personas, el bienestar de los animales y el equilibrio de la naturaleza.

Esas formas de negacionismo salubrista y ambiental son de otras épocas. Ya no son propias de las personas con educación, criterio propio y principios éticos. Hoy podemos aceptar que muchos agentes químicos de síntesis producen efectos beneficiosos y efectos adversos. Podemos analizar y detectar a los contaminantes tanto en nuestro interior como en el exterior. En teoría, nada impide que miremos afuera y adentro de nosotros mismos; pero a menudo nos falta practicar más esa mirada reflexiva y serena, crecer en la experiencia de mirar y ver de otro modo: de adentro afuera y de afuera adentro. También podemos ser más exigentes con nosotros mismos, a la vez que lo somos con las empresas y con las administraciones responsables de desplegar políticas más eficientes de control del riesgo químico. Cayó ya el Muro de Berlín –¡pronto se cumplirán 25 años!– y con él deben de continuar cayendo otros muros mentales de parecido valor simbólico e ideológico. Se acabó el mundo bipolar, maniqueo y simplón de la Guerra Fría, tan bien descrito en las novelas de John Le Carré o, recientemente, de Ian McEwan.

Sobre todo, hoy debemos trabajar –periodistas, epidemiólogos– con mayor amplitud, intensidad y celeridad para disminuir los impactos negativos de los agentes químicos artificiales que contaminan lo que continuamente respiramos, bebemos y comemos. Podemos evitar buena parte del impacto negativo que muchos tóxicos están teniendo sobre nuestra salud y calidad de vida. Podemos, y muchas personas y organizaciones están en ello. En los últimos años, la difusión social de numerosos estudios españoles está ayudando a alcanzar nuevas cotas de información, conocimiento y conciencia sobre la contaminación “interna” o “interior” de la población general española, es decir, sobre la acumulación de compuestos tóxicos en nuestros cuerpos. Esa difusión también ha propiciado actuaciones realmente innovadoras. Sin ir más lejos, en numerosas escuelas de España las asociaciones de madres y padres han conseguido mejorar la calidad del menú de los comedores escolares, retirando comida basura e incorporando alimentos con las máximas garantías posibles. Por cierto, lo han hecho trabajando con las organizaciones de maestros y con responsables políticos de Educación, Sanidad y Agricultura.

Hay pues que pensar con matices y visión global. No hay un solo problema, no existe el problema de la ganadería o el problema de los tóxicos o el problema del agua…. Existen múltiples problemas, conflictos y contradicciones, factores interrelacionados… Físicos, químicos, culturales, económicos… No hay conclusiones simples. No se trata solo de alimentación o economía, no se trata sólo de ganadería o salud, no se trata sólo de agricultura o medio ambiente; en realidad, lidiamos con múltiples causas y consecuencias políticas, económicas, culturales y emocionales, educativas, prácticas… Con múltiples incertidumbres e interrogantes: científicos, clínicos, económicos…

Los ‘cócteles’ de contaminantes ambientales contribuyen a que acumulemos alteraciones genéticas y epigenéticas

Basándonos en los resultados obtenidos por los mejores estudios científicos podemos concluir que, a día de hoy, la inmensa mayoría de las personas nos encontramos expuestos a múltiples tóxicos (un trágico cóctel de contaminantes) desde los primeros momentos de vida embrionaria y hasta la muerte; “desde la barriga materna hasta la tumba”, como suele decirse (from womb to tomb, en los eficaces monosílabos del inglés).

Uno de los escenarios causales con el que trabajamos muchos investigadores médicos es que numerosos contaminantes ambientales –cada uno, y las interacciones que resultan de su mezcla en nuestro cuerpo– contribuyen a la acumulación de alteraciones genéticas y epigenéticas en nuestro organismo. Este proceso es característico de muchos cánceres, enfermedades cardiovasculares, metabólicas y endocrinas, trastornos neurodegenerativos y otras enfermedades. La acumulación crónica de alteraciones genéticas y epigenéticas es un proceso causal clave entre el medio ambiente y el enfermar de las personas, entre la exposición y la contaminación humana por compuestos tóxicos ambientales y el desarrollo de las enfermedades que más nos afligen. 

Este proceso causal todavía tiene poco peso en medicina, poca visibilidad en los medios de comunicación, y a veces hasta es negado por una parte influyente de la profesión médica y otros expertos. No siempre tales expertos tienen una visión amplia sobre las causas de las enfermedades, y no siempre están libres de ataduras: a menudo tienen intereses no declarados. Así, por ejemplo, la manipulación ideológica de ciertos conocimientos sobre genética y biología molecular ayuda a producir discursos negacionistas de las causas ambientales y sociales del enfermar. Son discursos cándidos, complacientes y cobardes que amputan partes incómodas del conocimiento científico existente. Y que contribuyen a preservar los intereses de poderosas organizaciones agrícolas y empresas del agrobusiness, así como muchos hábitos de consumo de casi todos nosotros, ciudadanos a menudo también demasiado cándidos, complacientes y cobardes.

Las narraciones no imparciales de algunos divulgadores y de algunos expertos legitiman, amplifican y difunden una visión simplista, reduccionista y acientífica de cómo funcionan los genes y de las propias bases genéticas y epigenéticas de las patologías humanas. Su fundamento biológico, clínico y epidemiológico es a menudo pobre; por ejemplo, es pobre o nula su conexión con los conocimientos científicos sobre fisiopatología humana, toxicología genética o epidemiología molecular, clínica y ambiental.

A pesar de todo ello, el elevado número de mezclas de compuestos químicos y la insólita variedad de sus efectos adversos genera una preocupación razonable en científicos, médicos y ambientalistas, así como en muchas personas y organizaciones genuinamente interesadas por la salud, el medio ambiente y la justicia social, o por desarrollar otras formas de economía y otros modelos de consumo. ¿Debería esa preocupación por los efectos de los tóxicos afectarnos más a todos, deberíamos estar más preocupados? Creo que sí; sin alarmismo ni angustias, sin miedo, con información, reflexión, conciencia y responsabilidad, todos tenemos la obligación moral de hacer más visible (y de ayudar a controlar) un proceso que en España y muchos otros países es excesivamente invisible: la relación causa – efecto que a menudo existe entre la contaminación de las personas por ciertos agentes ambientales y la incidencia de determinadas enfermedades graves.

Entre todas las fases de la vida, las más susceptibles a los efectos biológicos y clínicos de los contaminantes son las etapas embrionaria y fetal, y la primera infancia. Los embriones, fetos y niños se ven expuestos a los contaminantes a través de la placenta, y posteriormente a través de la lactancia. Subrayemos además que muchas de tales exposiciones pasan desapercibidas: los CTP, en particular, son indetectables para los sentidos. Solo los buenos sistemas de vigilancia (de salud pública y ambiental) nos ofrecen imágenes válidas y exhaustivas de su presencia y distribución en la sociedad. Y sólo los buenos periodistas tienen la capacidad de contarnos cosas muy delicadas con honestidad, rigor y persuasión. Luego, la información, la reflexión y la concienciación hacen posible que las personas, mediante las organizaciones sociales y ciudadanas, promovamos cambios de suficiente calado para disminuir nuestra contaminación interior.

La ubicuidad de los CTP y las limitaciones que las personas tenemos para realizar acciones individuales que prevengan nuestra exposición otorgan un papel fundamental a las políticas públicas y privadas. Estos contaminantes son menos susceptibles a las acciones individuales que otros factores de riesgo como el tabaquismo, el colesterol o el sedentarismo, los cuales, aunque están influidos de forma intensa por procesos y factores económicos y socioculturales, sí dejan un margen importante para las decisiones individuales (no fumar, comer razonablemente, hacer ejercicio físico, etc.).

De modo que, o cambiamos partes fundamentales de nuestros actuales modelos de sociedad, o no cambiará nada sustancial de lo que afecta a nuestra salud. Entre otras cosas, no cambiará nuestra contaminación por tóxicos. Los contaminantes tóxicos son sistémicos: son una de las principales características del sistema e impregnan a redes fundamentales del sistema. Nuestra generalizada contaminación interna es el resultado de nuestra organización social y de nuestros hábitos individuales y colectivos; consecuencia de las políticas públicas y privadas que promovemos o aceptamos. Políticas sobre agua, piensos, ganadería y agricultura, políticas de la industria alimentaria y sobre seguridad alimentaria, sobre riesgos químicos, energía, medio ambiente, residuos, reciclaje, educación, industria, transporte, impuestos, salud pública, sanidad… La contaminación generalizada de las personas, los animales, los piensos y grandes componentes de las cadenas alimentarias es el resultado tanto de los agentes más activos de esas políticas como de los agentes más pasivos y negligentes, de sus inacciones y omisiones, de las inercias y rutinas cómplices o interesadas, de quienes elegimos no visualizar los muertos, el sufrimiento y el gasto que los contaminantes contribuyen a causar.

En algunos casos hoy existe un mayor control en la fabricación y empleo de ciertos compuestos químicos que hace algunas décadas; en otros casos, la globalización y la desregulación de los mercados han ido en detrimento de normas y controles que protegen a los ciudadanos. Por ello, los actuales niveles de exposición a tóxicos de la población humana son, probablemente, tan o más importantes como al final de la Segunda Guerra Mundial. Sin olvidar la elevada persistencia ambiental de estas sustancias (incluyendo su persistencia en piensos y alimentos), el uso en regiones donde se utilizan compuestos prohibidos en Europa, las importaciones de piensos y alimentos desde tales regiones, o su empleo fraudulento. Además, algunos tóxicos, como los endosulfanes, aún se emplean en las tareas agrícolas en España.

En algunos estudios españoles los niños y niñas son quienes presentan mayores niveles de compuestos como el lindano, la aldrina y la dieldrina. Otros estudios han hallado una mayor contaminación en embarazadas jóvenes que en embarazadas de mayor edad. Algunos estudios empiezan a detectar otros compuestos cuyas concentraciones van en aumento. Incluso se han detectado tóxicos (dioxinas, PCB) en alimentos de la agricultura ecológica, subrayando las dificultades que supone producir alimentos libres de contaminantes. Pocas veces las autoridades competentes han ofrecido una explicación de hechos como esos. En España sigue siendo habitual que las Administraciones den la callada por respuesta ante hallazgos científicos incómodos; y es raro que alguna organización ciudadana exija una respuesta. La “sordera científica” de las autoridades, empresas y organizaciones sociales es preocupante.

Por cierto, tengo la impresión de que algunas de las cosas que los periodistas nos cuentan por escrito que han visto no sería posible filmarlas. Dudo mucho, por ejemplo, que los responsables de que se maten lechones de las fábricas (que no “granjas”) porcinas con un golpe en la cabeza autorizasen que una cámara lo filmase. Hay hechos cuya narración exige utilizar los recursos más ancestrales: los ojos, el coraje y la palabra. Un recordatorio de que el periodismo de verdad no tiene por qué desaparecer ante las nuevas tecnologías, al contrario. Ni puede basarse tanto en notas de prensa.

Tanto a periodistas como a epidemiólogos –y al resto de la sociedad, por supuesto– analizar las relaciones entre alimentación, medio ambiente y salud nos exige practicar un pensamiento integrador, equilibrado en su abordaje de la complejidad. En concreto, debemos integrar al menos siete dimensiones de tales relaciones: la dimensión ambiental, la de salud pública, la agrícola-ganadera, la de salud laboral, las dimensiones culturales, las económicas y las políticas.Todo ello, en un “mercado internacional sin alma donde se venden y se compran indistintamente esperma, embriones, animales, piensos, toneladas de carne o de «mineral» (es decir, lechoncitos)”.

Nunca es tarde para vivir de otro modo

La proliferación de intervenciones médicas ineficientes y el alienante consumismo sanitario no son ni cultural, ni política, ni económicamente ajenos a la burbuja inmobiliaria y a otras prácticas perversas del sistema financiero. Y también guardan estrecha relación con los problemas analizados en esta Jornada sobre periodismo y epidemiología. Mientras tanto, las iniciativas dirigidas a mejorar realmente la salud y el bienestar de la población –las políticas ambientales, laborales, educativas, alimentarias y sociales– están siendo atenazadas o cortadas a hachazos (que no “recortes”). Todavía no hemos asumido que una clave de la sostenibilidad del sistema de salud consiste en reducir el flujo de entrada: en conseguir que enfermemos menos. En lugar de quedarnos presos entre las paredes del sistema asistencial, entre las paredes de la medicina curativa o paliativa, podemos exigir que se desarrollen más las políticas que rinden auténticos beneficios humanos, y que se supriman las actuaciones médicas innecesarias, ineficaces o dañinas –perjudiciales tanto para la salud como para la economía “real” (pues ya quedado que existe otra, la economía ficticia y especulativa de latrocinio y paraísos fiscales).

La dependencia económica y cultural que nuestra sociedad tiene de ciertas industrias tóxicas debe disminuir, para que ganen peso nuevas estructuras y empresas que generen –además de beneficios económicos reales– beneficios sociales y ambientales. Puesto que las causas fundamentales de nuestras enfermedades son sociales y ambientales, cabe preguntarse: ¿podemos crear modelos de negocio honestos que actúen sobre esas causas, prevengan enfermedades y rindan más beneficios sociales y empresariales? La respuesta a la actual crisis del sector sanitario no puede consistir solo en atender a más pacientes que sufren las enfermedades que el propio modelo económico causa. Hay salidas verdaderas a la crisis sistémica que pasan por que la economía esté más al servicio del ser humano, de la naturaleza, de la educación… Y, por lo tanto, sectores como la agricultura y ganadería ecológicas, la movilidad, la salud pública, las energías renovables, el consumo responsable… son buenas vías para superar de verdad la crisis. España puede innovar en estos sectores, sin duda. Cuantificar y valorar mejor los beneficios sociales y económicos de las inversiones en alimentación, salud y medio ambiente les dará más visibilidad, propiciará que sean más apreciadas, y nos dará más confianza para seguir mejorando.

Para superar los graves problemas que nos acucian necesitamos otros valores, comportamientos, conocimientos, políticas… y medios de comunicación. Para transformar nuestros valores éticos, hábitos de consumo, relaciones sociales y organizaciones ciudadanas necesitamos más autocrítica, conocimiento, creatividad, valentía y pragmatismo. Todo ello es fundamental para controlar la contaminación interna y externa, para poner en práctica otras formas de entender la alimentación, la salud pública, el medio ambiente, la información, la riqueza y la vida… para vivir de otro modo.

Muchas personas en el mundo intentamos llevar una vida más sana, razonable, coherente, ética, respetuosa con la naturaleza y feliz. Tenemos razones y tiempo. Podemos lograr avanzar. Podemos disfrutar viviendo de otro modo.

Este texto se basa en parte en el siguiente: Porta M. Epílogo: Es tiempo de vivir (de otro modo). En Saporta I.Comer puede matar. Barcelona, Debate / Random House Mondadori, 2013. 177-195, 204-205. 

Miquel Porta i Serra (Barcelona, ​​1957) es médico y epidemiólogo especializado en estudiar las interacciones entre los genes y el medioambiente. Es investigador de l’Institut Municipal d’Investigació Mèdica (IMIM) de Barcelona, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universitat Autònoma de Barcelona y profesor adjunto en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill (EEUU).  

Fuente: Agencia SINC

______________________________________________________________

Información revisada por el Consejo de Redacción de SEPIS-2010.

Contacto email: promociondelasalud.sepis@gmail.com

Antes de enviar una respuesta lea nuestro aviso legal.