Contra la desazón, la pasividad y el negacionismo ambiental “¿Podemos actuar sobre las causas ambientales del enfermar? Podemos”.

Por: Miquel Porta i Serra, coautor del Manual de Epidemiología y Salud Pública

Muchos compuestos químicos artificiales usados en la agricultura y la ganadería en las últimas décadas han rendido numerosos y legítimos beneficios humanos, sociales y económicos. Pero ¿se han utilizado sin producir efectos adversos? Nuestra intuición nos dice que no. Y los conocimientos científicos también nos dicen que tantas ventajas no nos han salido ‘gratis total’. Nuestra intuición –y un cierto sentido del deber– también nos dicen que n­o tenemos derecho a negar la factura que pagamos por utilizar tantos compuestos químicos artificiales. Y que no tenemos derecho a no trabajar para rebajar esa factura.

“Nuestros hallazgos y sus implicaciones fueron rápidamente escondidos bajo la alfombra. Los hechos que ponen en duda asunciones básicas –y que por tanto amenazan el modus vivendi y la autoestima de la gente– simplemente no son absorbidos. La mente no los digiere.”

Daniel Kahneman

El maravilloso libro de Daniel Kahneman (psicólogo, premio Nobel de economía), Pensar rápido, pensar despacio, presenta un fascinante abanico de experimentos e ideas sobre la capacidad humana de sustituir las preguntas difíciles y desagradables por preguntas más fáciles y llevaderas, o sobre nuestra tendencia a orillar el análisis más racional en favor de otras aproximaciones más intuitivas, emocionales o agradables, con todos los errores que ello conlleva, aunque también con algunas ventajas. “Somos buscadores de patrones creíbles, creyentes en un mundo coherente”, dice Kahneman.

También por ello nos impresionan las investigaciones valientes de los periodistas sobre alimentación, medio ambiente y salud. Muchas de ellas describen hechos literalmente espeluznantes.

¿Podemos de verdad convencernos a nosotros mismos de que no hay para tanto? A menudo el buen periodismo de investigación nos presenta hechos de estremecedora dureza. Reales como la vida misma. Esa de la que tan a menudo solo queremos ver la parte amable. Periodismo que habla de “hechos reales” en “personas humanas” que sufren un dolor insoportable, lacerante. Que sucumben ante la enfermedad y la muerte misma.

La investigación periodística rigurosa nos sacude y nos aleja del negacionismo con el que muchos reaccionamos ante las informaciones. Informaciones acerca de –por ejemplo– el funcionamiento de la megaindustria ganadera y agrícola. Fascinante pues y, a ratos, increíble periodismo. Increíble no porque los hechos que narra no parezcan veraces, que lo parecen y lo son. O porque los periodistas exageren los riesgos; más bien al contrario, sospecho que muchos profesionales de la investigación ejercen una considerable prudencia ante hechos que resquebrajan algunos de nuestros mitos (sanitarios, alimentarios y ambientales, por ejemplo).

Si creo que a veces el buen periodismo parece increíble es a causa de la natural tendencia humana a no creer lo que con todo rigor se nos cuenta si es desagradable; a causa de la inclinación que solemos tener a negar las causas más plausibles, a negar lo evidente cuando nos pone de bruces ante nuestro consumismo, derroche, hábitos tóxicos, falta de educación y conciencia; a causa de nuestro desprecio hacia la naturaleza y hacia nosotros mismos, hacia nuestra salud y nuestra dignidad.

También puede dar alas a las actitudes e ideologías más negacionistas o cobardes que, a veces, los procesos narrados en los medios de comunicación transcurren en otros países. Mas ¿alguien puede pensar cabalmente que las cosas son muy distintas en España? En lo referente a los daños que las industrias más obsoletas infligen a los animales o al medio ambiente, es evidente que no son muy distintas. Para responder de forma reflexiva a la pregunta podemos, en primer lugar, repensar lo dicho en el párrafo anterior.

En segundo lugar, podemos pensar si las causas estructurales y los agentes responsables de lo que ocurre en otro país (Francia o Alemania, por ejemplo) –intereses económicos, cultura profesional y procedimientos de las organizaciones agrícolas, procesos de asignación de subvenciones, hábitos de los consumidores…– son muy distintos en España. Lo cierto es que muchos no lo son.

Y podemos, en tercer lugar, pensar si en nuestro país somos más independientes que en otros de los centros y redes de producción y decisión económica internacional; los que cada día atizan la desregulación global de los sistemas económicos y, entre éstos, de los gigantes agentes agrícolas y ganaderos… Cuando leemos las prácticas perversas de algunas cooperativas francesas podemos perfectamente pensar en sus colegas leridanos, castellanos o extremeños, y en los chinos, indios o argentinos, entre muchos otros. Tampoco las razas de animales y los piensos parecen hoy tan distintas en los distintos países, por poner otro ejemplo. Las cosas en España son dramáticamente similares a las que ocurren en otros países, no nos engañemos. Claro que hay diferencias, solo faltaría.

Tras investigar lo que ocurre –en conexión con los hechos que descubren–, quienes pueden practicar el buen periodismo ponderan posibles explicaciones, significados y conclusiones. Por ejemplo, que “existe una relación entre las tierras quemadas de nuestros campos y las células inflamadas de nuestros cuerpos, entre lo que ocurre en el suelo y en las células de nuestro organismo”, o que “lo que comen los animales que comemos tiene una incidencia directa sobre nuestra salud”. ¿Cómo es posible que tengamos que recordarlo, que no sea algo importantísimo para todos los españoles cada día? Pues sí, tenemos que recordarlo… probablemente porque es demasiado doloroso tener conciencia de ello. Y probablemente también porque tenemos conciencia de lo difícil que es hacer algo práctico para mejorar el problema, actuar sobre las causas y paliar sus consecuencias (para la salud, por ejemplo).

Pues, en efecto, “a pesar de su coste prohibitivo, la agricultura actual no respeta ni el pacto social que la vincula a los campesinos, ni el pacto ambiental que la vincula a las generaciones futuras, ni siquiera el pacto de salud pública que la vincula a todos nosotros. Además de la factura alimentaria y ecológica, el consumidor paga también, y a un precio muy elevado, la factura de la salud. De la manzana a los tomates, del trigo a las patatas, todos los sectores de la agricultura, todo lo que compone nuestra comida diaria se produce prescindiendo del sentido común. Resultado final: un agricultor agotado y desesperado, un consumidor justamente desconfiado y una astronómica factura social, ambiental y de salud pública”.

Mantener la calidad de vida y disminuir la ‘factura’ que los tóxicos nos cobran

Es evidente –debería ser evidente para todos– que muchos compuestos químicos artificiales usados en la agricultura y la ganadería en las últimas décadas han rendido numerosos y legítimos beneficios humanos, sociales y económicos. Pero el debate no puede quedar enmarcado (aprisionado) exclusivamente en esta constatación, nuestra reflexión debe incorporar también otros hechos y preguntas. Una de ellas es: ¿se han utilizado tales compuestos sin producir efectos adversos, sin ningún perjuicio humano o ambiental, sin que nos hayan pasado ‘factura’ alguna? Nuestra intuición nos dice que no. Y los conocimientos científicos también nos dicen que tantas ventajas no nos han salido ‘gratis total’. Nuestra intuición –y un cierto sentido del deber– también nos dicen que n­o tenemos derecho a negar la factura que pagamos por utilizar tantos compuestos químicos artificiales. Y que no tenemos derecho a no trabajar para rebajar esa factura.

Entre los compuestos químicos artificiales o de síntesis, a los investigadores médicos nos preocupan especialmente ciertos compuestos tóxicos persistentes (CTP). Pues, hoy, un considerable cuerpo de conocimientos científicos indica que los CTP tienen una fuerte relación con algunas de las enfermedades más frecuentes y graves que afectan a los seres humanos. Pesticidas y residuos industriales tienen efectos inmunosupresores, oxidativos, proinflamatorios, neurotóxicos, endocrinos, metabólicos, genotóxicos indirectos y epigenéticos. Tanto los conocimientos sobre los mecanismos de acción de los CTP como las observaciones en animales y seres humanos indican que contribuyen a causar transtornos y enfermedades como la infertilidad y ciertas anomalías congénitas, problemas de aprendizaje y otros transtornos de la conducta, diabetes tipo 2 y quizá obesidad, diversos tipos de cáncer, o las enfermedades de Alzheimer y Parkinson.

Los CTP y otros contaminantes se encuentran en muchos alimentos que ingerimos a diario, circulan por nuestra sangre y se almacenan en nuestro organismo. Suelen llegar hasta nosotros en dosis bajas, sobre todo a través de las partes más grasas de los alimentos. Se disuelven en las grasas, y el organismo no los puede excretar. Así que los vamos acumulando a lo largo de nuestra vida en el hígado, el páncreas, el sistema nervioso… Si ahora dejáramos de estar expuestos a ellos, su concentración en nuestro cuerpo tardaría de diez a treinta años en reducirse a la mitad.

Son ejemplos de CTP el plaguicida DDT y su principal producto de degradación, el DDE; el hexaclorobenceno (HCB) y los hexaclorociclohexanos (HCH) (el lindano, entre ellos); las dioxinas y los policlorobifenilos (PCB); o los compuestos polibrominados. Está ampliamente demostrado que la principal vía de entrada de estos contaminantes en nuestro organismo es la ingesta de alimentos ricos en grasas, principalmente de origen animal, y que la contaminación por CTP no es un fenómeno minoritario ni aislado, sino un hecho generalizado en la mayoría de países postindustriales del mundo; así, por ejemplo, compuestos como el p,p’-DDE, HCB, β-HCH y PCB se detectan habitualmente en la casi totalidad o en la totalidad de la población general, a menudo a concentraciones elevadas. 

Aunque es común pensar lo contrario, los estudios científicos coinciden en que la contribución de la alimentación a las concentraciones de CTP de los adultos de la población general sana es muy superior a la contribución de la profesión y el lugar de residencia; se calcula que más del 97% de los niveles corporales de CTP del ciudadano medio occidental se deben a la contaminación alimentaria.

La contaminación humana por compuestos químicos es un conflicto socioecológico, político y sanitario inherente, en buena medida, a nuestros modelos de economía y cultura, a cómo vivimos. Es el resultado de nuestras actuales estructuras económicas y nuestra organización social y cultural, de hábitos individuales y colectivos. Consecuencia de las políticas públicas y privadas que promovemos o aceptamos pasivamente.

No es pues razonable, ni moralmente correcto pretender que demos un “cheque en blanco” a quienes venden, utilizan o aceptan contaminantes en los procesos de fabricación de alimentos presumiblemente aptos para el consumo humano. O a quienes no consiguen controlar la presencia de tóxicos en las cadenas alimentarias de los animales y las personas. No es razonable que aceptemos la propaganda superficial que difunden quienes nos quieren hacer creer que los CTP y otros agentes químicos ambientales solo han tenido efectos positivos y no tienen impactos trágicos en la salud de las personas, el bienestar de los animales y el equilibrio de la naturaleza.

Esas formas de negacionismo salubrista y ambiental son de otras épocas. Ya no son propias de las personas con educación, criterio propio y principios éticos. Hoy podemos aceptar que muchos agentes químicos de síntesis producen efectos beneficiosos y efectos adversos. Podemos analizar y detectar a los contaminantes tanto en nuestro interior como en el exterior. En teoría, nada impide que miremos afuera y adentro de nosotros mismos; pero a menudo nos falta practicar más esa mirada reflexiva y serena, crecer en la experiencia de mirar y ver de otro modo: de adentro afuera y de afuera adentro. También podemos ser más exigentes con nosotros mismos, a la vez que lo somos con las empresas y con las administraciones responsables de desplegar políticas más eficientes de control del riesgo químico. Cayó ya el Muro de Berlín –¡pronto se cumplirán 25 años!– y con él deben de continuar cayendo otros muros mentales de parecido valor simbólico e ideológico. Se acabó el mundo bipolar, maniqueo y simplón de la Guerra Fría, tan bien descrito en las novelas de John Le Carré o, recientemente, de Ian McEwan.

Sobre todo, hoy debemos trabajar –periodistas, epidemiólogos– con mayor amplitud, intensidad y celeridad para disminuir los impactos negativos de los agentes químicos artificiales que contaminan lo que continuamente respiramos, bebemos y comemos. Podemos evitar buena parte del impacto negativo que muchos tóxicos están teniendo sobre nuestra salud y calidad de vida. Podemos, y muchas personas y organizaciones están en ello. En los últimos años, la difusión social de numerosos estudios españoles está ayudando a alcanzar nuevas cotas de información, conocimiento y conciencia sobre la contaminación “interna” o “interior” de la población general española, es decir, sobre la acumulación de compuestos tóxicos en nuestros cuerpos. Esa difusión también ha propiciado actuaciones realmente innovadoras. Sin ir más lejos, en numerosas escuelas de España las asociaciones de madres y padres han conseguido mejorar la calidad del menú de los comedores escolares, retirando comida basura e incorporando alimentos con las máximas garantías posibles. Por cierto, lo han hecho trabajando con las organizaciones de maestros y con responsables políticos de Educación, Sanidad y Agricultura.

Hay pues que pensar con matices y visión global. No hay un solo problema, no existe el problema de la ganadería o el problema de los tóxicos o el problema del agua…. Existen múltiples problemas, conflictos y contradicciones, factores interrelacionados… Físicos, químicos, culturales, económicos… No hay conclusiones simples. No se trata solo de alimentación o economía, no se trata sólo de ganadería o salud, no se trata sólo de agricultura o medio ambiente; en realidad, lidiamos con múltiples causas y consecuencias políticas, económicas, culturales y emocionales, educativas, prácticas… Con múltiples incertidumbres e interrogantes: científicos, clínicos, económicos…

Los ‘cócteles’ de contaminantes ambientales contribuyen a que acumulemos alteraciones genéticas y epigenéticas

Basándonos en los resultados obtenidos por los mejores estudios científicos podemos concluir que, a día de hoy, la inmensa mayoría de las personas nos encontramos expuestos a múltiples tóxicos (un trágico cóctel de contaminantes) desde los primeros momentos de vida embrionaria y hasta la muerte; “desde la barriga materna hasta la tumba”, como suele decirse (from womb to tomb, en los eficaces monosílabos del inglés).

Uno de los escenarios causales con el que trabajamos muchos investigadores médicos es que numerosos contaminantes ambientales –cada uno, y las interacciones que resultan de su mezcla en nuestro cuerpo– contribuyen a la acumulación de alteraciones genéticas y epigenéticas en nuestro organismo. Este proceso es característico de muchos cánceres, enfermedades cardiovasculares, metabólicas y endocrinas, trastornos neurodegenerativos y otras enfermedades. La acumulación crónica de alteraciones genéticas y epigenéticas es un proceso causal clave entre el medio ambiente y el enfermar de las personas, entre la exposición y la contaminación humana por compuestos tóxicos ambientales y el desarrollo de las enfermedades que más nos afligen. 

Este proceso causal todavía tiene poco peso en medicina, poca visibilidad en los medios de comunicación, y a veces hasta es negado por una parte influyente de la profesión médica y otros expertos. No siempre tales expertos tienen una visión amplia sobre las causas de las enfermedades, y no siempre están libres de ataduras: a menudo tienen intereses no declarados. Así, por ejemplo, la manipulación ideológica de ciertos conocimientos sobre genética y biología molecular ayuda a producir discursos negacionistas de las causas ambientales y sociales del enfermar. Son discursos cándidos, complacientes y cobardes que amputan partes incómodas del conocimiento científico existente. Y que contribuyen a preservar los intereses de poderosas organizaciones agrícolas y empresas del agrobusiness, así como muchos hábitos de consumo de casi todos nosotros, ciudadanos a menudo también demasiado cándidos, complacientes y cobardes.

Las narraciones no imparciales de algunos divulgadores y de algunos expertos legitiman, amplifican y difunden una visión simplista, reduccionista y acientífica de cómo funcionan los genes y de las propias bases genéticas y epigenéticas de las patologías humanas. Su fundamento biológico, clínico y epidemiológico es a menudo pobre; por ejemplo, es pobre o nula su conexión con los conocimientos científicos sobre fisiopatología humana, toxicología genética o epidemiología molecular, clínica y ambiental.

A pesar de todo ello, el elevado número de mezclas de compuestos químicos y la insólita variedad de sus efectos adversos genera una preocupación razonable en científicos, médicos y ambientalistas, así como en muchas personas y organizaciones genuinamente interesadas por la salud, el medio ambiente y la justicia social, o por desarrollar otras formas de economía y otros modelos de consumo. ¿Debería esa preocupación por los efectos de los tóxicos afectarnos más a todos, deberíamos estar más preocupados? Creo que sí; sin alarmismo ni angustias, sin miedo, con información, reflexión, conciencia y responsabilidad, todos tenemos la obligación moral de hacer más visible (y de ayudar a controlar) un proceso que en España y muchos otros países es excesivamente invisible: la relación causa – efecto que a menudo existe entre la contaminación de las personas por ciertos agentes ambientales y la incidencia de determinadas enfermedades graves.

Entre todas las fases de la vida, las más susceptibles a los efectos biológicos y clínicos de los contaminantes son las etapas embrionaria y fetal, y la primera infancia. Los embriones, fetos y niños se ven expuestos a los contaminantes a través de la placenta, y posteriormente a través de la lactancia. Subrayemos además que muchas de tales exposiciones pasan desapercibidas: los CTP, en particular, son indetectables para los sentidos. Solo los buenos sistemas de vigilancia (de salud pública y ambiental) nos ofrecen imágenes válidas y exhaustivas de su presencia y distribución en la sociedad. Y sólo los buenos periodistas tienen la capacidad de contarnos cosas muy delicadas con honestidad, rigor y persuasión. Luego, la información, la reflexión y la concienciación hacen posible que las personas, mediante las organizaciones sociales y ciudadanas, promovamos cambios de suficiente calado para disminuir nuestra contaminación interior.

La ubicuidad de los CTP y las limitaciones que las personas tenemos para realizar acciones individuales que prevengan nuestra exposición otorgan un papel fundamental a las políticas públicas y privadas. Estos contaminantes son menos susceptibles a las acciones individuales que otros factores de riesgo como el tabaquismo, el colesterol o el sedentarismo, los cuales, aunque están influidos de forma intensa por procesos y factores económicos y socioculturales, sí dejan un margen importante para las decisiones individuales (no fumar, comer razonablemente, hacer ejercicio físico, etc.).

De modo que, o cambiamos partes fundamentales de nuestros actuales modelos de sociedad, o no cambiará nada sustancial de lo que afecta a nuestra salud. Entre otras cosas, no cambiará nuestra contaminación por tóxicos. Los contaminantes tóxicos son sistémicos: son una de las principales características del sistema e impregnan a redes fundamentales del sistema. Nuestra generalizada contaminación interna es el resultado de nuestra organización social y de nuestros hábitos individuales y colectivos; consecuencia de las políticas públicas y privadas que promovemos o aceptamos. Políticas sobre agua, piensos, ganadería y agricultura, políticas de la industria alimentaria y sobre seguridad alimentaria, sobre riesgos químicos, energía, medio ambiente, residuos, reciclaje, educación, industria, transporte, impuestos, salud pública, sanidad… La contaminación generalizada de las personas, los animales, los piensos y grandes componentes de las cadenas alimentarias es el resultado tanto de los agentes más activos de esas políticas como de los agentes más pasivos y negligentes, de sus inacciones y omisiones, de las inercias y rutinas cómplices o interesadas, de quienes elegimos no visualizar los muertos, el sufrimiento y el gasto que los contaminantes contribuyen a causar.

En algunos casos hoy existe un mayor control en la fabricación y empleo de ciertos compuestos químicos que hace algunas décadas; en otros casos, la globalización y la desregulación de los mercados han ido en detrimento de normas y controles que protegen a los ciudadanos. Por ello, los actuales niveles de exposición a tóxicos de la población humana son, probablemente, tan o más importantes como al final de la Segunda Guerra Mundial. Sin olvidar la elevada persistencia ambiental de estas sustancias (incluyendo su persistencia en piensos y alimentos), el uso en regiones donde se utilizan compuestos prohibidos en Europa, las importaciones de piensos y alimentos desde tales regiones, o su empleo fraudulento. Además, algunos tóxicos, como los endosulfanes, aún se emplean en las tareas agrícolas en España.

En algunos estudios españoles los niños y niñas son quienes presentan mayores niveles de compuestos como el lindano, la aldrina y la dieldrina. Otros estudios han hallado una mayor contaminación en embarazadas jóvenes que en embarazadas de mayor edad. Algunos estudios empiezan a detectar otros compuestos cuyas concentraciones van en aumento. Incluso se han detectado tóxicos (dioxinas, PCB) en alimentos de la agricultura ecológica, subrayando las dificultades que supone producir alimentos libres de contaminantes. Pocas veces las autoridades competentes han ofrecido una explicación de hechos como esos. En España sigue siendo habitual que las Administraciones den la callada por respuesta ante hallazgos científicos incómodos; y es raro que alguna organización ciudadana exija una respuesta. La “sordera científica” de las autoridades, empresas y organizaciones sociales es preocupante.

Por cierto, tengo la impresión de que algunas de las cosas que los periodistas nos cuentan por escrito que han visto no sería posible filmarlas. Dudo mucho, por ejemplo, que los responsables de que se maten lechones de las fábricas (que no “granjas”) porcinas con un golpe en la cabeza autorizasen que una cámara lo filmase. Hay hechos cuya narración exige utilizar los recursos más ancestrales: los ojos, el coraje y la palabra. Un recordatorio de que el periodismo de verdad no tiene por qué desaparecer ante las nuevas tecnologías, al contrario. Ni puede basarse tanto en notas de prensa.

Tanto a periodistas como a epidemiólogos –y al resto de la sociedad, por supuesto– analizar las relaciones entre alimentación, medio ambiente y salud nos exige practicar un pensamiento integrador, equilibrado en su abordaje de la complejidad. En concreto, debemos integrar al menos siete dimensiones de tales relaciones: la dimensión ambiental, la de salud pública, la agrícola-ganadera, la de salud laboral, las dimensiones culturales, las económicas y las políticas.Todo ello, en un “mercado internacional sin alma donde se venden y se compran indistintamente esperma, embriones, animales, piensos, toneladas de carne o de «mineral» (es decir, lechoncitos)”.

Nunca es tarde para vivir de otro modo

La proliferación de intervenciones médicas ineficientes y el alienante consumismo sanitario no son ni cultural, ni política, ni económicamente ajenos a la burbuja inmobiliaria y a otras prácticas perversas del sistema financiero. Y también guardan estrecha relación con los problemas analizados en esta Jornada sobre periodismo y epidemiología. Mientras tanto, las iniciativas dirigidas a mejorar realmente la salud y el bienestar de la población –las políticas ambientales, laborales, educativas, alimentarias y sociales– están siendo atenazadas o cortadas a hachazos (que no “recortes”). Todavía no hemos asumido que una clave de la sostenibilidad del sistema de salud consiste en reducir el flujo de entrada: en conseguir que enfermemos menos. En lugar de quedarnos presos entre las paredes del sistema asistencial, entre las paredes de la medicina curativa o paliativa, podemos exigir que se desarrollen más las políticas que rinden auténticos beneficios humanos, y que se supriman las actuaciones médicas innecesarias, ineficaces o dañinas –perjudiciales tanto para la salud como para la economía “real” (pues ya quedado que existe otra, la economía ficticia y especulativa de latrocinio y paraísos fiscales).

La dependencia económica y cultural que nuestra sociedad tiene de ciertas industrias tóxicas debe disminuir, para que ganen peso nuevas estructuras y empresas que generen –además de beneficios económicos reales– beneficios sociales y ambientales. Puesto que las causas fundamentales de nuestras enfermedades son sociales y ambientales, cabe preguntarse: ¿podemos crear modelos de negocio honestos que actúen sobre esas causas, prevengan enfermedades y rindan más beneficios sociales y empresariales? La respuesta a la actual crisis del sector sanitario no puede consistir solo en atender a más pacientes que sufren las enfermedades que el propio modelo económico causa. Hay salidas verdaderas a la crisis sistémica que pasan por que la economía esté más al servicio del ser humano, de la naturaleza, de la educación… Y, por lo tanto, sectores como la agricultura y ganadería ecológicas, la movilidad, la salud pública, las energías renovables, el consumo responsable… son buenas vías para superar de verdad la crisis. España puede innovar en estos sectores, sin duda. Cuantificar y valorar mejor los beneficios sociales y económicos de las inversiones en alimentación, salud y medio ambiente les dará más visibilidad, propiciará que sean más apreciadas, y nos dará más confianza para seguir mejorando.

Para superar los graves problemas que nos acucian necesitamos otros valores, comportamientos, conocimientos, políticas… y medios de comunicación. Para transformar nuestros valores éticos, hábitos de consumo, relaciones sociales y organizaciones ciudadanas necesitamos más autocrítica, conocimiento, creatividad, valentía y pragmatismo. Todo ello es fundamental para controlar la contaminación interna y externa, para poner en práctica otras formas de entender la alimentación, la salud pública, el medio ambiente, la información, la riqueza y la vida… para vivir de otro modo.

Muchas personas en el mundo intentamos llevar una vida más sana, razonable, coherente, ética, respetuosa con la naturaleza y feliz. Tenemos razones y tiempo. Podemos lograr avanzar. Podemos disfrutar viviendo de otro modo.

Este texto se basa en parte en el siguiente: Porta M. Epílogo: Es tiempo de vivir (de otro modo). En Saporta I.Comer puede matar. Barcelona, Debate / Random House Mondadori, 2013. 177-195, 204-205. 

Miquel Porta i Serra (Barcelona, ​​1957) es médico y epidemiólogo especializado en estudiar las interacciones entre los genes y el medioambiente. Es investigador de l’Institut Municipal d’Investigació Mèdica (IMIM) de Barcelona, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universitat Autònoma de Barcelona y profesor adjunto en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill (EEUU).  

Fuente: Agencia SINC

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Presidente OMC: “No hay ninguno de los grandes problemas de salud que no tenga relación con la contaminación medioambiental.”

Madrid, 4 de junio 2014 (medicosypacientes.com)

“No hay ninguno de los grandes problemas de salud que no tenga relación directa o  indirecta con la contaminación medioambiental”, según puso de manifiesto el presidente de la Organización Médica Colegial (OMC), Dr. Juan José Rodriguez Sendin, en el programa de Radio Exterior de España “Cuarto Mundo”.

El Dr. Rodriguez Sendín participó ayer en este programa del canal internacional de  Radio Nacional de España que se emite para los cinco continentes, junto con el Dr. Leonel Argüello Yrigoyen, presidente de la Sociedad Nicaragüense de Medicina General, que se encuentra estos días de visita en España.

El programa Cuarto Mundo, dirigido y presentado por Carmela Pérez, estuvo dedicado a analizar la repercusión en la salud de la contaminación medioambiental en general y, en especial, de los problemas surgidos por el aire contaminado de las grandes ciudades que provoca que 2,6 millones de personas mueran al año por enfermedades respiratorias, según la Organización Mundial de la Salud.

El Dr. Rodriguez Sendin puso de manifiesto la repercusión sobre la salud no solo de la contaminación atmosférica, sino también de otros “contaminantes medioambientales que pueden ser tan graves para la salud aunque menos evidentes y que afectan al agua, a la tierra y a los alimentos que comemos”. Para el presidente de la OMC, se trata de “una contaminación generalizada, provocada por una evolución y desarrollo tecnológico mal entendido, por la explotación sin límites de los recursos naturales y por la incapacidad de los gobiernos de poner en el centro de sus decisiones  el compromiso con la vida y con  el ser humano”.

Se refirió, en concreto a los insecticidas y pesticidas, cuyo “uso indiscriminado y falta de control”, según dijo, “contamina el agua, la tierra y penetra en la cadena alimenticia”, algo que “no tiene justificación y es evitable”.

También habló de la importancia de la gestión de los residuos no biodegradables que contaminan y seguirán contaminando el medio ambiente durante decenas y cientos de años y dedicó una referencia especial al uso indiscriminado y con frecuencia innecesario de medicamentos como un “elemento excepcional de contaminación”. Se refirió, en concreto, al “exceso de contaminación medioambiental por medicamento especialmente las encontradas en el agua de los ríos y en animales de consumo humano”.

Cuestionó las “declaraciones grandilocuentes y las grandes reuniones” sobre el cambio climático y la defensa del medio ambiente, cuyas decisiones -dijo- “no se respetan y no ocurre nada si no se cumplen”, mientras “se siguen explotando los recursos para enriquecimiento de unos pocos” y “en detrimento de los más débiles, de los pobres”.

Para el presidente de la OMC, la solución pasa por “información y educación continuada no sólo un día al año” a los ciudadanos para que estos “tomen conciencia del grave problema y reclamen a los políticos rendición de cuentas y penalicen  sus incumplimientos, bien a través de los votos o a través de la crítica pública”.

Consideró que la sensibilización social que realizan los grandes grupos ecologistas con sus reivindicaciones y métodos son de gran interés, pero son,  en muchas ocasiones, propuestas difíciles de realizar, por lo que abogó por  plantear “objetivos razonables y realizables, más prudentes en las pretensiones pero que consigan conectar con una mayoría de los ciudadanos”.

En este sentido, aludió a los profesionales sanitarios  en especial a los médicos y enfermeras a los que emplazó a hacer un esfuerzo para explicar a los pacientes y ciudadanos, de una manera sencilla, la “repercusión que todos estos contaminantes tienen en la salud de la población”.

Por su parte, el Dr. Leonel Argüello, destacó la falta de “mentalidad preventiva” existente en Nicaragua a la hora de hacer infraestructuras sin tener en cuenta la repercusión posterior en el medio ambiente, algo que, según dijo, en la práctica no se hace, ni se controla, entre otras cosas, por lo que calificó como “corrupción del algunos funcionarios del Estado”, a la vez que lamentó que “no se aprenda, ni se tenga en cuenta la experiencia de los países desarrollados” en este tema.

“Cuanto más cemento pongamos, habrá menos filtraciones de agua a la tierra y, como consecuencia, menos arboles y menos áreas verdes”, algo que, según el Dr. Argüello,  al final repercute en la salud de la población.

Para el Dr. Argüello, la falta de consideración y respeto hacía el medio ambiente y en especial  la grave contaminación atmosférica está influyendo en el clima, en especial, en la periodicidad de las lluvias, lo que, en Nicaragua, al igual que en otros países, incide en las cosechas y también en numerosas enfermedades tropicales, entre las que destacó, el Dengue, una  enfermedad infecciosa transmitida por mosquitos, que ha vuelto a resurgir también por la alteración en la periodicidad de las lluvias.

En lo referente a la prevención, destacó también la importancia de algo tan elemental como lavarse las manos con agua y jabón que disminuye -dijo- el 50% de las enfermedades respiratorias y/o el 40% de las enfermedades diarreicas, pero “cuando la gente tiene que elegir entre agua para beber y agua para lavarse las manos, está clara la elección”.

En ese mismo sentido, aludió a los dilemas de los campesinos a la hora de utilizar la madera  de los bosques para sus necesidades básicas de cocinar y hacer fuego para calentarse. “Otra cosa -afirmó- es el tráfico de madera, algo que no se cuida, no se controla y no se persigue con énfasis”.

Al igual que el Dr. Rodriguez Sendin, también destacó la repercusión en la salud de la población   del “uso sin control de insecticidas y pesticidas” y afirmó que, actualmente, “se siguen utilizando en Nicaragua doce pesticidas altamente contaminantes” sin que “nadie ponga freno a su uso en las prácticas agrícolas”.

Las intervenciones de los doctores Rodríguez Sendín y Leonel Argüello se pueden escuchar aquí

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La OMS alerta del aumento de la contaminación ambiental en las ciudades.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha alertado de un aumento de la contaminación ambiental en la mayoría de las ciudades del mundo ya que casi el 90 por ciento de las urbes que miden su polución superan los niveles de calidad que establece este organismo de Naciones Unidas, con el consiguiente riesgo de que sus habitantes sufran más problemas respiratorios y otras patologías

Ginebra, 9 de mayo de 2014 (medicosypacientes.com/EP)

Este organismo ha actualizado su base de datos sobre calidad del aire urbano, en la que participan un total de 1.600 ciudades de 91 países –500 más que en el anterior recuento, realizado en 2011–, y ha demostrado que actualmente sólo el 12 por ciento de las personas que viven en estas ciudades respiran aire limpio y alrededor de la mitad está expuesta a niveles de contaminación 2,5 veces mayores a los que establece la OMS.

Además, en la mayoría de las ciudades donde hay datos suficientes para comparar la situación actual con la de años anteriores se ha visto como la contaminación del aire es cada vez peor, a lo que han contribuido diversos factores como el uso de combustibles, el aumento de medios de transporte motorizados y deficiencias en el consumo energético de oficinas y hogares.

Sin embargo, algunas ciudades están llevando a cabo mejoras notables que han demostrado que la calidad del aire se puede mejorar mediante la puesta en marcha de iniciativas como la prohibición de las calefacciones de carbón en los edificios, la apuesta por energías renovables y un mayor control del transporte.

“Hay demasiados centros urbanos que actualmente están tan envueltos en aire sucio que invisibilizan sus horizontes”, según ha defendido Flavia Bustreo, directora general de Familia, Infancia y Mujer de este organismo.

Trece de las 20 ciudades más sucias son de La India, que copa las cuatro primeras posiciones del ranking mundial con Nueva Delhi, Patna, Gwalior y Raipur. La capital india presentaba una media anual de 153 microgramos de partículas pequeñas (pm2.5) por metro cúbico.

En el lado opuesto se sitúan 32 ciudades que presentaban niveles inferiores a 5 PM2.5 por metro cúbico, de las que tres cuartas partes están en Canadá.

Un reciente informe publicado por la OMS reveló como la contaminación atmosférica fue responsable en 2012 de la muerte de unos 3,7 millones de personas menores de 60 años, siendo uno de los mayores riesgos para la salud a nivel mundial.

Pese a esta incidencia de la contaminación atmosférica, la directora de Salud Pública de la OMS, la española María Neira, reconoce que “se puede ganar” la lucha contra este problema y reducir la incidencia del cáncer de pulmón y las enfermedades cardiorrespiratorias, como demuestra la mejora que han experimentado algunas ciudades como Copenhague (Dinamarca) o Bogotá (Colombia), gracias a la promoción de medios de transporte más saludables como el uso de la bicicleta.

Fuente: Médicos y Pacientes

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¿Qué necesita tu ciudad para hacerte feliz?

Por: Leticia Romero

El diseño y las políticas urbanas influyen en el bienestar y en la felicidad de las personas. Ése es el punto de partida de Happy city: Transformar Nuestras Vidas a Través del Diseño Urbano el libro en el que el periodista canadiense Charles Montgomery nos muestra los efectos que la expansión de vías peatonales, zonas verdes o carriles bicis tienen en ciudades como Copenhague, Nueva York o Vancouver.

Montgomery establece una parámetros básicos en su búsqueda de la felicidad urbana: disfrute, salud, libertad, adaptación, equidad y conexión social. El modelo de ciudad feliz que el autor usa como ejemplo es el de Bogotá, que bajo el periodo de Enrique Peñalosa cambió por completo el sistema urbano con la construcción de carriles bici, parques y plazas públicas. Se convertía así en una de las primeras ciudades latinoamericanas que en los noventa demostró que la vida urbana puede ser mejor si el diseño de la ciudad se orienta hacia el bienestar de sus habitantes. Pero también advierte del retroceso reciente de la ciudad y lo argumenta como una evidencia de que los avances pueden perderse por razones políticas y falta de conciencia ciudadana.

El el 24 de febrero del año 2000 Peñasola prohibió, por un día, el uso del coche: los ingresos hospitalarios se redujeron en casi un tercio, la neblina tóxica sobre la ciudad adelgazó, con la consiguiente mejora de la calidad del aire, y la población respondió positivamente en las encuestas.

Para Montgomeryno hay nada peor para la salud mental que un desierto social. “Las investigaciones médicas lo demuestran: cuanto más conectados estamos con la familia y la comunidad, menos probable es que experimente ataques cardíacos, accidentes cerebro-vasculares, cáncer y depresión”.

Un estudio de la Universidad de Umeå (Suecia) describe una relación directa entre el diseño de las de las ciudades y los déficits sociales. Las personas que viven en barrios monofuncionales dependientes del automóvil son mucho menos sociales que las personas que viven en vecindarios peatonales donde la vivienda se mezcla con tiendas, servicios y lugares para trabajar. Por otro lado, quienes tardan más de 45 minutos en desplazarse de su casa al trabajo tienen un 40% más de probabilidades de divorciarse.

Con base en numerosas investigaciones y utilizando testimonios personales y fotografías, Happy city muestra en qué consiste un diseño urbano orientado a la felicidad. Esencialmente se necesita que los espacios públicos estén concebidos para hacerles la vida amable a los peatones, no para facilitar el flujo vehicular, para que haya más interacción entre gentes diversas, no para segregar a ricos de pobres, y para que se pueda combinar trabajo, vivienda, compras y ocio en forma ordenada, en vez de separar espacialmente cada actividad.

La ciudad feliz, la ciudad baja en carbono, la ciudad verde, todos son el mismo lugar”, explica. Decenas de ciudades han entendido este mensaje y han desarrollado diferentes vías como, por ejemplo, programas para bicicletas compartidas.

En 2010, Londres introdujo un sistema de bicicletas públicas -Boris Bikes for the city’s–, promovido por el propio alcalde de la ciudad, Boris Johnson. El fenómeno del ciclismo urbano está de moda y este modelo se repite en muchas ciudades occidentales que capitalizan en triple beneficio: menos contaminación, mejor salud y menos accidentes.

Una persona que usa el coche de forma individual para desplazarse necesita 20 veces el espacio en vías públicas que quien se transporte en autobús, 30 veces el espacio que necesita el ciclista y 75 veces el que utiliza el peatón. “Mejorar el espacio público debería ser prioridad en la agenda de los políticos que nos gobiernan, por la sencilla razón de que es algo que mejora la calidad de vida de todos”, concluye Montgomery.

Fuente: ethic

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Algún día todos vestiremos moda limpia.

Un cuento futurista sobre la moda sostenible 

Estas son las prendas que utilizaban hace 50 años-explicaba la guía del Museo del Traje, dirigiendo su dedo hacia la ropa que se exponía tras unos cristales- Hoy han desaparecido, sólo podemos verlas en museos como este. Ya no nos vestimos así. En aquellos tiempos, usaban prendas perecederas, de baja calidad, cuya fabricación suponía un tremendo impacto ambiental y social. Se compraban ropa, aunque no la necesitasen, había un consumo acelerado y masivo, y uno de los pasatiempos en su tiempo libre era ir de compras. Para que os hagáis una idea, os contaré que, para producir el algodón de una simple camiseta, hacían falta 2.700 litros de agua.

Estas empresas textiles emitían el 20% de las sustancias tóxicas a los ríos y mares y provocaban el 10% de las emisiones de dióxido de carbono global, debido a la deslocalización de la industria. Además de ser una industria contaminante, empleaba mano de obra de allende sus fronteras, a la que pagaba un salario injusto, fomentando una cadena de esclavitud en los países pobres. Había mujeres y niños que trabajaban de 12 a 20 horas al día sin salir de un cuarto. Por eso surgió un movimiento que se llamó Slow Fashion.

– ¿Moda lenta? -preguntó uno de los jóvenes del grupo.

-Fue un movimiento de pioneros que abogaba por hacer las cosas de otra manera-respondió la guía- Hablaban de innovación, de cambios en la producción y el consumo de ropa. Unas personas que querían algo nuevo, buscaban un despertar de los consumidores y la industria para que todo fuera más humano, menos agresivo con el planeta y más real -puntualizó con su voz clara y potente, dejando entrever un leve tono de entusiasmo – Gracias al ingenio asombroso de unos cuantos, floreció un concepto nuevo, más evolucionado, que exploraba ideas y soluciones en todo el mundo, para acabar con esos impactos glocales. Gracias a ellos hablamos de esto en pasado.

Mientras seguían la explicación de esa historia de la moda, muchas cabezas dirigían sus ojos a los cristales que protegían aquellas prendas que portaban toxicidad y dolor. Los jóvenes alumnos de la escuela de diseño iban mirando las vitrinas y alguno comentó: “entonces la humanidad se vestía con sustancias químicas adheridas a su cuerpo”. La guía sonrío para sí y se dirigió a una gran pantalla.

-En está pantalla podéis ver alguna de aquellas acciones que provocaron los cambios, y qué permitieron, que hoy, la ropa que llevamos esté limpia de sustancias químicas, no contamine y se haga de una forma justa. Vosotros, futuros diseñadores, debéis conocer cómo ha sido la historia de la moda, y cómo un día, felizmente, despertamos; al principio los cambios fueron lentos, parecía que tardaría mucho en producirse, pero al final, fue más rápido de lo que ellos creían y todo se ordenó y armonizó. En este Museo se celebraron unas jornadas que se titulaban Moda +Sostenibilidad innovación = Evolución, organizadas por una plataforma que se llamaba Slow Fashion Spain, creada por una de esas pioneras de las que os hablé antes, Gema Gómez. Realizaron una serie de conferencias llenas de términos que hoy ya no utilizamos porque no los necesitamos: Ecodiseño, Economía Humanizada, Tejidos Ecológicos Certificados, Innovación en Procesos y en Ideas, Nuevos Modelos de Consumo, Mujer, Creación de Redes, etc., Querían crear nuevas formas de encarar el mundo, de contribuir al bien común por el camino de la creatividad, el ingenio y el valor para no darse por vencido.

-Al final lo lograron-dijo una chica del fondo.

-Como he dicho, fue un camino de pequeños pasos, de lucha por cada logro, pero ellos se empeñaron en dar lo mejor de sí mismos y luchar por lo que creían, era una alternativa que buscaba crear un mundo mejor. Sabían que la moda, como se entendía entonces, estaba obsoleta, y que había que inventar algo nuevo, un sistema que generará riqueza para todos, marcas, trabajadores y consumidores, y que nadie tuviera que sufrir para el beneficio de unos pocos, y con ese esfuerzo se levantaban todos los días. Hubo un doctor que dijo “Somos exploradores en busca de ampliar el espacio de las soluciones que todo diseñador ha de encontrar”. Se llamaba Manuel Quirós y hablaba de biomímesis, y, además era profesor de diseño.

Si quieres ver cómo contribuimos entre todos a que este cuento se haga realidad no te pierdas la III Jornada de Moda Sostenible que organiza Slow Fashion Spain en el Museo del Traje de Madrid los próximos 25 y 26 de abril. Un evento anual que pretende seguir despertando el interés y la acogida que lograron las pasadas ediciones. Para ello Slow Fashion Spain ha reunido a un elenco de profesionales y expertos del sector, tanto nacionales como internacionales, que debatirán sobre los caminos que debe tomar la industria de la moda sino quiere devorarse a sí misma.

¿Te parecen razones suficientes para no perderte la jornada?
 
Sigue lo que se cuece en las semanas previas al evento y todos los acontecimientos en tiempo real en twitter con el hashtag #ModaSostenibleMT en @slowfashionsp y el evento en Facebook
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La contaminación del aire causa 7 millones de muertes prematuras al año en todo el mundo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha alertado de que, al año, la contaminación del aire provoca 7 millones de muertes prematuras, siendo la causa principal las enfermedades cardiovasculares. Esta nueva estimación, “mayor de la esperada”, es un paso importante para el avance de un plan de trabajo de la organización para la prevención de enfermedades relacionadas con la contaminación del aire

Madrid, 27 de marzo de 2014 (medicosypacientes.com/EP)

Muchas personas están expuestas a la contaminación del aire, tanto en interiores como en exteriores. En el caso de la contaminación del aire exterior, estima que hay 3,7 millones de muertes en 2012 por la contaminación urbana y rural en todo el mundo; mientras la contaminación del aire en interiores se vinculó a 4,3 millones de muertes en 2012.

Según sus estimaciones la contaminación causada aire al aire exterior ocasiono un 40 por ciento de muertes relacionadas con cardiopatía isquémica; otro 40 por ciento con los accidente cerebrovascular; el 11 por ciento con la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC); un 6 por ciento con el cáncer de pulmón, y un 3 por ciento se deberían a infecciones respiratorias bajas agudas en los niños.

Mientras, las muertes con la contaminación causada por aire interior – carbón, la madera y la biomasa estufas- serían sobre todo por accidente cerebrovascular en un 34 por ciento de las muertes; un 26 por ciento se atribuye a la cardiopatía isquémica; un 22 por ciento a la EPOC; un 12 por ciento a las infecciones respiratorias bajas agudas en los niños, y un 6 por ciento el cáncer de pulmón.

“Los riesgos de la contaminación del aire son ahora mucho mayor de lo pensado o entendido, sobre todo para la enfermedad cardíaca y los accidentes cerebrovasculares” explicó la doctora María Neira, directora del Departamento de la OMS para la Salud Pública, Medio Ambiente y Determinantes Sociales de la Salud, quien ha recordado que “pocos riesgos tienen un impacto mayor en la salud global hoy en día que la contaminación del aire”.

“La evidencia señala la necesidad de una acción concertada para limpiar el aire que todos respiramos”, añadió. Precisamente, la OMS quiere que se desarrolle una Plataforma Mundial, que tenga como objetivo la calidad del aire y la salud para generar mejores datos sobre las enfermedades relacionadas con la contaminación del aire y reforzar el apoyo a los países y ciudades a través de orientación, información y evidencia sobre los beneficios sanitarios de las intervenciones.

“La contaminación del aire excesivo es a menudo un subproducto de las políticas no sostenibles en sectores como el transporte, la energía, la gestión de residuos y la industria. En la mayoría de los casos, las estrategias más sanas también será más económico en el largo plazo debido a los ahorros en los costos de atención de la salud, así como las ganancias del clima”, advirtió el doctor Carlos Dora, coordinador de la OMS para la Salud Pública, Medio Ambiente y Determinantes Sociales de la Salud.

El riesgo del aire interior a debate

Las nuevas estimaciones se basan en los últimos datos de mortalidad de la OMS de 2012, así como la evidencia de riesgos para la salud de la exposición a la contaminación del aire. Estas se basan en la exposición de las personas a la contaminación del aire en diferentes partes del mundo se formularon a través de un nuevo mapeo de datos global.

Después de analizar los factores de riesgo, la OMS estima que la contaminación del aire en interiores se vinculó a 4,3 millones de muertes en 2012, producto de los hogares por cocinar sobre el carbón, la madera y la biomasa estufas.

La nueva estimación se explica por una mejor información sobre exposiciones a la contaminación entre los cerca de 2,9 billones de personas que viven en casas con madera, carbón o estiércol como combustible primario para cocinar, así como la evidencia sobre el papel de la contaminación del aire en el desarrollo de enfermedades cardiovasculares y respiratorias, y cánceres.

En este sentido, la doctora Flavia Bustreo, subdirectora general del grupo de Familia, Salud de Mujeres y Niños de la OMS, advierte de que son las mujeres y los grupos vulnerables, incluidos los niños y los ancianos, los que más sufren. “Las mujeres y los niños pobres pagan un alto precio por la contaminación del aire en interiores, ya que pasan más tiempo en casa para respirar en el humo y el hollín de carbón y las estufas de madera del cocinero con fugas”, añadió.

A finales de este año, la OMS publicará directrices calidad del aire interior en la combustión de combustibles de los hogares, así como los datos de los países sobre exposición a la contaminación del aire exterior e interior y la mortalidad relacionada, además de una actualización de las mediciones de la calidad del aire en 1.600 ciudades.

Fuente: Médicos y Pacientes

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Greenpeace denuncia presencia de sustancias tóxicas en ropa para niños.

La última investigación de Greenpeace ha revelado la presencia de sustancias químicas peligrosas en ropas para chicos de 12 marcas conocidas.

Según el estudio, estos productos químicos no sólo impactan en las comunidades locales -cuando son liberados en los ríos por las fábricas contaminantes en los centros de producción, como China e Indonesia- sino también están presentes en la ropa y se liberan a través de las lavadoras. 

El cóctel de productos químicos peligrosos encontrados en este estudio ha generado graves efectos adversos sobre la fauna, el aire y el agua y plantean riesgos para la salud de los seres humanos, en particular a nuestros sistemas inmunológicos, reproductivos y hormonales.

El estudio no mostró diferencias significativas entre el nivel de los productos químicos peligrosos que se encuentran en la ropa de los niños y los que se encuentran en las prendas hechas para los adultos.

Los tóxicos hallados son resultado de una nueva investigación realizada por la organización, como parte de su campaña Detox, que identificó que productos químicos peligrosos están presentes en productos textiles y de cuero, como resultado de su uso durante la fabricación.

El estudio se realizó en los Laboratorios de Investigación de Greenpeace de la Universidad de Exeter, en Reino Unido, por expertos de varios laboratorios acreditados independientes, a varios artículos de más de una docena de reconocidas marcas internacionales. 

Greenpeace destacó que la investigación se realizó a 82 prendas para niños, desde ropa interior, deportiva, de moda y lujo y zapatos. Las prendas fueron compradas entre mayo y junio del año pasado en diferentes comercios de 25 países diferentes en todo el mundo para analizar si había presencia de etoxilatos de nonilfenol (NPE) y en algunos también se examinó la presencia de estaño y polifluorado (PFC). 

“Todos los productos químicos peligrosos mencionados anteriormente se detectaron en varios productos, por encima de los límites técnicos de detección utilizados en este estudio”, destacó la organización ambientalista, con sede en Amsterdam. 

Greenpeace destacó que a pesar del hecho de que todos los productos comprados eran para niños y bebés, no hubo diferencia significativa entre la gama y los niveles de productos químicos peligrosos que se encuentran en este informe en comparación con estudios anteriores.

De los productos analizados, Greenpeace destacó que se encontraron 50 artículos, el 61.0 por ciento, con altos índices de nonilfenol o NPE, sustancia tóxica que causa daños al sistema reproductivo y los sistemas hormonales o inmunológicos.

Fuente: ComunicaRSE

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