LA SALUD EN TUS MANOS (7).

Por: Ángel Escudero Villanueva, Médico Promotor de la Salud.

Publicado en Hello Valencia. Nº 189, noviembre 2016.

Una persona no puede tener una buena salud general sin una buena salud oral.”

Everest. Koop, Médico Cirujano

Fotografía Micrográfica por Ángel Escudero VillanuevaLa dieta constituye un elemento decisivo en el desarrollo de la caries dental. Son muchos los estudios epidemiológicos que relacionan el consumo de azúcar con la aparición de caries, siendo más importante la frecuencia en el consumo y el momento en que se consume que la cantidad. Una dieta rica en azucares además de aumentar el riesgo de padecer caries también aumentará el riesgo de padecer obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares, enfermedades respiratorias, descalificación de los huesos o alteraciones hepáticas entre otras.

Los alimentos cariogénicos son aquellos alimentos que al ingerirlos facilitan la producción de caries dentales, y esta actividad dependerá de los siguientes factores:

  • Adhesividad: cuanto más pegajoso sea, más tiempo permanecerá en contacto con los dientes.
  • Consistencia: los alimentos blandos como galletas o los productos de bollería ensucian los dientes con gran facilidad, mientras que los fibrosos y duros como las manzanas ayudan a limpiar los dientes de forma natural.
  • Frecuencia de la ingesta de alimentos cariogénicos: es uno de los factores más importantes, ya que cuanto más frecuente sea la ingesta, mayor será la actividad cariogénica debido a que la bajada del pH en la boca (pH ácido) ocurrirá un número mayor de veces.
  • Momento de la ingesta: el consumo de alimentos cariogénicos entre las comidas es más peligroso que si los ingerimos durante ellas. Esto es debido a que durante las comidas se produce un mayor flujo de saliva y una masticación más prolongada que facilita la eliminación de los restos de comida en la boca. A esto hay que añadir que el pH alcalino de la saliva neutraliza el pH ácido durante la comida. El peor momento para ingerir alimentos cariogénicos es inmediatamente antes de dormir porque la boca se halla casi en completo reposo durante el sueño.

La Sociedad Española de Odontopediatría recomienda reducir el riesgo de caries mediante un cambio en nuestros hábitos alimenticios.

También aconseja establecer unos cuidados dentales a partir de los 12 meses de vida, constituyendo una de las estrategias preventivas más adecuadas frente a la caries. El control de la dieta no sólo influirá favorablemente en la salud oral sino también en la salud general.

Según esta Sociedad Científica, los estudios epidemiológicos demuestran que la leche humana y la lactancia materna favorecen el desarrollo físico y nutricional y supone unas ventajas psicológicas, sociales, económicas y ambientales, mientras que disminuye significativamente el riesgo de padecer un importante número de enfermedades crónicas y agudas.

Es aconsejable evitar comer entre comidas y limitar el consumo de azúcares a las horas de las comidas, donde el flujo salivar es mayor y permite un rápido aclaramiento oral.

Se ha visto que alimentos que contienen entre un 15 y un 20 % de azucares, especialmente sacarosa, son los más cariogénicos. Sin embargo, existen otros carbohidratos como la fructosa, con mayor poder edulcorante pero con menor poder cariogénico. Del mismo modo, el xilitol, al no ser utilizado por los microorganismos para producir ácidos, no resulta cariogénico, e incluso tendría un efecto anticaries al incrementar el flujo salival, aumentar el pH y al reducir los niveles de Streptococcus mutans (microorganismo productor de caries).

En adolescentes es importante reducir el consumo frecuente de bebidas azucaradas pues supone un factor particular asociado al desarrollo de caries en los dientes.

Es necesario implantar sistemas para la promoción de la salud siendo clave la educación sanitaria, no sólo con programas específicos referidos al ámbito dental, sino que resultan más interesantes las estrategias de colaboración con otras especialidades mejorando en general la salud de las personas. En este apartado resaltamos los programas de educación maternal, las directrices sobre salud oral dirigidas al personal que trabaja en las guarderías, la prescripción de medicamentos sin azúcar y las acciones a nivel de las compañías de alimentación para que etiqueten, de manera adecuada, simple y uniforme el contenido de los alimentos.

Una boca sana es mucho más que una bonita sonrisa. Una boca sana es salud.

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Las personas con mal carácter son más propensas a desarrollar enfermedades cardiovasculares.

Según la SEH-LELHA, la prescripción de hábitos saludables constituye la piedra angular de los tratamientos en pacientes con riesgo de desarrollar estas dolencias.

Las personas con mal carácter o que presentan una actitud hostil, así como aquellas que se caracterizan por presentar siempre una sensación continua de desconfianza, enojo o rabia, y que tienen tendencia a mantener relaciones agresivas e inadaptadas, presentan un riesgo más elevado de desarrollarDSC_0680 enfermedades cardiovasculares, según ha informado la Sociedad Española de Hipertensión-Lida Española para la Lucha contra la Hipertensión Arterial (SEH-LELHA).

Esta mayor propensión a desarrollar afecciones relacionadas con el corazón también se da en las personas con tendencia a experimentar emociones negativas y a inhibirse en la relación con los demás, especialmente si ya padecen una enfermedad cardiovascular, ha asegurado la sociedad médica.

Otros aspectos psicosociales también incrementan el riesgo de padecer estas enfermedades y contribuyen a su empeoramiento una vez que se sufren, como son el estatus socioeconómico bajo, carecer de apoyo social o sufrir estrés, depresión o ansiedad. La Sociedad Española de Hipertensión los identifica como obstáculos para el seguimiento de los tratamientos y para mejorar el estilo de vida.

El presidente de SEH-LELHA, Julián Segura, ha llamado la atención sobre el hecho de que “las personas con un estatus socioeconómico bajo o estrés crónico son también más propensas a la depresión, la hostilidad y el aislamiento social”. A su juicio, los hábitos también influyen en ello, de modo que “las personas con más riesgo por los factores antes mencionados son las que presentan un estilo de vida menos saludable (consumo de tabaco, alimentación poco equilibrada y menor ejercicio físico) y una peor adherencia a las recomendaciones sobre los cambios en el estilo de vida”.

“La prescripción de hábitos saludables debe ser la piedra angular de los tratamientos en pacientes con riesgo de sufrir patologías cardiovasculares. Tener una rutina saludable puede prevenir y retrasar de forma segura la aparición de hipertensión en pacientes no hipertensos y la necesidad de seguir un tratamiento farmacológico en pacientes con hipertensión de grado 1. Además, contribuye a reducir el número y la dosis de fármacos en pacientes hipertensos en tratamiento farmacológico”, ha señalado el doctor Segura.

Menos sal y más frutas y verduras

Según la SEH-LELHA, hay una serie de medidas para tener un estilo de vida saludable que han demostrado su capacidad para reducir la presión arterial. Entre ellas está la disminución del consumo de sal; el incremento de frutas, verduras y alimentos bajos en grasa y ricos en ácidos grasos insaturados; la reducción y el control del peso; la actividad física regular, el abandono del tabaco y del alcohol, y en el caso de que se beba, hacerlo de manera moderada y eligiendo bebidas fermentadas como el vino o la cerveza.

Respecto a las dietas, la organización recomienda “huir de aquellas generalizadas que cuantifican el consumo de calorías, y seguir las recomendaciones personalizadas cobre hábitos nutricionales que puede facilitar el personal sanitario. También se puede realizar un diario de comidas que incluya el sitio donde se come, los menús, horarios, si se está de viaje, etc. Por otra parte, para incrementar el nivel de actividad física que se realiza, SEH-LELHA aconseja caminar, ya que no es obligatorio correr o practicar un deporte para conseguir los efectos beneficiosos del ejercicio.

En este catálogo de recomendaciones también incluye la práctica de hobbies que requieran un cierto esfuerzo, como la fotografía o tener una mascota a la que haya que sacar de paseo, incorporar en la rutina el subir y bajar escaleras en lugar de utilizar los ascensores, o la utilización de podómetros  o  algún otro dispositivo tecnológico que contabilice el número de pasos que se dan al día para chequear el logro de los objetivos propuestos, ya que por ejemplo, si damos más de 10.000 pasos al día, dejaremos de ser sedentarios.

Fuente: JANO

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Delgadez y obesidad, los dos riesgos de la balanza.

La obesidad es uno de los grandes males de nuestro tiempo. Provoca enfermedades cardiovasculares, cáncer, infertilidad o problemas neurológicos , entre otra larga lista de trastornos. Por eso, desde hace décadas los especialistas en salud no dejan de advertir de lo peligroso que es acumular kilos de más.

El mensaje, que es importante, a veces obvia una realidad desconocida para muchos: que los kilos de menos también tienen sus riesgos. En ese sentido, una investigación publicada esta semana en la revista Journal of Epidemiology and Publich Health recuerda que la delgadez excesiva también se relaciona con un mayor riesgo de mortalidad.

Los extremos se tocan, subraya una vez más este trabajo coordinado por científicos del St. Michael’s Hospital de Toronto (Canadá), que revisó los datos de 51 estudios que previamente habían analizado las consecuencias de que la báscula marque unas cifras u otras.

Los resultados del análisis demostraron que las personas con un índice de masa corporal (IMC) inferior a 18,5 tenían casi dos veces más riesgo de morir que aquellos cuyo peso se encontraba dentro de los parámetros considerados normales. La probabilidad era similar a la que se asociaba a presentar exceso de peso u obesidad, señalan los investigadores.

El IMC se calcula dividiendo el peso (en kilogramos) por la altura al cuadrado (en metros). Se considera que un valor entre 19 y 25 es un peso normal, de 25 a 30 se relaciona con sobrepeso y por encima de 30 con obesidad.

Los investigadores sólo tuvieron en cuenta investigaciones que se hubieran prolongado durante cinco años o más, para descartar los casos en los que la delgadez se debiera a un problema puntual o a una grave enfermedad.

Según señalan, las causas más comunes de delgadez excesiva son la malnutrición, el consumo de drogas o alcohol, el tabaquismo, tener pocos recursos económicos, o tener problemas de salud mental.

Con todo, los investigadores recuerdan -como lo han hecho recientemente otros trabajosque el IMC no es la mejor herramienta disponible para catalogar a los pacientes y saber los efectos para la salud que pueden derivarse de su composición corporal.

En algunos casos, un IMC elevado no significa que haya exceso de grasa, sino “una importante cantidad de músculo y huesos”, por lo que es necesario hacer discriminaciones más certeras, señalan. Una de las claves, señalan los expertos, está en el cálculo de la grasa abdominal o el perímetro abdominal, un dato que parece tener una relación mucho más clara con el riesgo cardiovascular, entre otros trastornos.

Del mismo modo, hace pocos meses el investigador estadounidense Dariush Mozaffarian apuntaba en una entrevista con este diario que “la gente no debería tener en cuenta únicamente su peso como una manera de evaluar la calidad de su dieta”.

“Una mala alimentación influye en los problemas de corazón, en algunos tipos de cáncer, diabetes y muchas otras enfermedades… Y lo hace de manera independiente del peso”, remarcaba.

Fuente: EL MUNDO SALUD

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Nuestro año sin azúcar – Una gran aventura familiar.

Por: Eve O. Schaub

Érase una vez una época en la que yo era sana – o al menos pensaba que lo era. 

Naturalmente me faltaba la energía suficiente para terminar el día, pero con todos los anuncios en la televisión promocionando bebidas energéticas para las masas cansadas de los Estados Unidos, siempre asumí que yo no era la única que sufría. Y, por supuesto, todo el mundo en mi familia temía las temporadas de resfriados y gripe, pero también pensé que al llegar enero, todas las personas desarrollan algún tipo de enfermedad. 

Al menos eso es lo que pensaba hasta que empece a escuchar nueva información inquietante, sobre los efectos del azúcar. Según varios expertos, el azúcar es lo que está causando que muchos estadounidenses tengan sobrepeso y enfermedades. Cuanto más pensaba en ello, esta nueva información empezó a tener sentido para mí – un montón de sentido. Uno de cada siete estadounidenses tiene síndrome metabólico. Uno de cada tres estadounidenses es obeso. La tasa de diabetes se ha disparado y las enfermedades cardiovasculares son la causa de mortalidad número uno de Estados Unidos. 

Según esta teoría, todas estas enfermedades y muchas otras se pueden asociar con la presencia de este gran tóxico en nuestra dieta … el azúcar. 

Una idea brillante 

Tomé todo este conocimiento recién descubierto y formulé una idea. Quería ver cuan difícil sería para nuestra familia – mi marido, nuestras dos hijas (de 6 y 11) y yo – pasar todo un año sin consumir alimentos con azúcar añadido. Cortamos de nuestra dieta cualquier alimento con azúcar añadido, ya fuera azúcar de mesa, miel, melaza, jarabe de maple, agave o zumo de frutas. También se excluyó cualquier cosa hecha con edulcorantes o alcoholes de azúcar. A menos que la dulzura fuese original en el alimento (por ejemplo, una pieza de fruta), no lo comeríamos. 

Una vez que empezamos a buscar, encontramos el azúcar en los lugares más increíbles: tortillas mexicanas, salchichas, caldo de pollo, ensaladas preparadas, fiambres, galletas, mayonesa, tocino, pan, e incluso en comida para bebés. ¿Por qué añadir toda esta azúcar? Para hacer estos artículos más agradables al paladar, preservar por más tiempo los alimentos, y abaratar la producción de alimentos envasados. 

Llámenme loca, pero evitar azúcares añadidos durante todo un año me parecía una gran aventura. Tenía curiosidad de lo que sucedería. Quería saber cuan difícil iba a ser y qué cosas interesantes podrían suceder. ¿Cómo iba a cambiar mi forma de cocinar y hacer compras? Después de haber realizado mi investigación estaba convencida que eliminar el azúcar nos haría a todos más saludables. Lo que no esperaba fue cómo el hecho de no comer azúcar me hizo sentir mucho mejor de una manera muy real y tangible

Un año sin azúcar más tarde… 

Era sutil, pero perceptible: cuanto más tiempo pasaba sin comer azúcar añadido, me sentía mejor y con más energía. Y por aquello de las dudas, algo que sucedió confirmó la conexión entre dejar el azúcar añadido con sentirme mejor: el cumpleaños de mi marido. 

Durante nuestro año de NO azúcar, una de las reglas era que como familia, podríamos tener al mes, un postre con contenido de azúcar y si era el cumpleaños de alguno de los miembros de la familia, este lo podía elegir.Por septiembre ya notamos nuestros paladares cambiados y poco a poco, empezamos a disfrutar menos de nuestro postre mensual. 

Pero cuando nos comimos el decadente pastel de varias capas con crema de plátano que mi marido había elegido para la celebración de su cumpleaños, yo sabía que algo nuevo estaba ocurriendo. No sólo no me gustó mi trozo de pastel, sino que ni siquiera la pude terminar. Tenía un sabor extremadamente dulzón para mi paladar ahora sensible, hizo que mis dientes dolieran, mi cabeza comenzó a latir con fuerza y mi corazón empezó a acelerarse… Me sentía muy mal. 

Estuve tumbada en el sofá con la cabeza apunto de estallar, durante una hora antes de empezar a recuperarme. “Caray”, pensé “El azúcar siempre me hizo sentir mal, pero debido a que estaba en todas partes, nunca lo relacioné”. 

Después de que nuestro año sin azúcar añadido terminara, conté las ausencias de mis hijos en la escuela y las comparé con años anteriores. La diferencia fue dramática. Mi hija mayor, Greta, pasó de 15 ausencias en el año anterior, a sólo dos

Hoy en día, habiendo pasado ese año, la forma en que comemos es muy diferente. Apreciamos el azúcar en cantidades drásticamente más pequeñas, lo evitamos en los alimentos diarios (en los que no debería estar en primer lugar), y guardamos el postre para momentos muy particulares. Mi cuerpo parece estar dándome las gracias por ello. No me preocupo por quedarme sin energía. Y cuando aparece la temporada de gripe, ya no siento la necesidad de esconderme con mis hijas debajo de la cama. Si nos enfermamos sabemos que nuestros organismos están mejor equipados para luchar, nos enfermamos menos y nos recuperamos más rápidamente. Para mi sorpresa, después de nuestro año sin azúcar, todos nos sentimos más sanos y fuertes. Y eso no es nada despreciable.

Fuente: everydayhealth.com

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Septiembre: Mes del Corazón.

Según la Organización Mundial de la Salud, las cardiopatías o enfermedades cardiovasculares son las responsables del 30% de muertes en todo el mundo, por este motivo se realizan acciones preventivas para disminuir el porcentaje como son el Mes del Corazón o el Día Mundial del Corazón.

Madrid, 3 de septiembre de 2013 (medicosypacientes.com)

El 30% de las muertes mundiales se deben a enfermedades cardiovasculares, según la Organización Mundial de la Salud.  Por este motivo, se ha establecido septiembre como el Mes del Corazón, siendo el último domingo de este mes el Día Mundial del Corazón, para concienciar a la población sobre los principales riesgos cardíacos y promover medidas preventivas para lograr su disminución.

Las enfermedades cardiovasculares se producen principalmente por obstrucciones que impiden que la sangre fluya hacia el corazón o el cerebro. La causa más frecuente es la formación de depósitos de grasa en las paredes de los vasos sanguíneos que irrigan el corazón o el cerebro (placas ateromatosas).

Para prevenirlas es importante conocer los factores de riesgo, que podrían favorecer su desarrollo. Hay dos tipos de factores de riesgo: Los no modificables, sobre los que no se puede actuar (edad, herencia, sexo) y los modificables, sobre los que sí se podría intervenir (dieta, colesterol, alcohol, tabaquismo, obesidad, diabetes, hipertensión arterial, estrés).

En cuanto a los primeros, se destaca que la enfermedad cardiovascular (ECV) aparece con mayor frecuencia a partir de los 40 años; si hay antecedentes familiares de esta enfermedad, las posibilidades de padecerlas aumentan un 50% y en cuanto al sexo del paciente, se observa una mayor incidencia en pacientes de sexo masculino, especialmente a edades más tempranas.

Por otra parte, los factores de riesgo sobre los que se puede intervenir se relacionan con la modificación de algunos hábitos de la vida cotidiana y con el conocimiento de los valores de ciertos indicadores de salud (presión arterial, colesterol, etc).

Para evitarlo los expertos recomiendan hacer una dieta baja en sal, grasa y rica en fibra, verduras frescas y frutas. Eliminar el consumo de tabaco y limitar el de alcohol y realizar regularmente ejercicio físico cardiovascular.

Además para controlar y prevenir estas enfermedades consideran importante medirse periódicamente la presión arterial, colesterol, glucemia y perímetro de cintura. Conociendo estos valores se pueden advertir anomalías, para tratar de revertirlas.

Día Mundial del Corazón

En el marco del Mes del Corazón, el próximo 29 de septiembre, más de 100 países celebran el Día Mundial del Corazón. Una efemérides instaurada por la Organización Mundial de la Salud en el año 2000 para prevenir las enfermedades cardiovasculares que suponen  la primera causa de muerte en los países desarrollados actualmente.

FUENTE: MÉDICOS Y PACIENTES

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Las bondades de la grasa ‘bronceada’.

Por: José Mª Ordovás* | Madrid Actualizado miércoles 15/05/2013 

Fuente: EL MUNDO salud

Jano es ese dios de la mitología romana que tenía dos caras mirando en direcciones opuestas. A este dios se le han otorgado muchos atributos relacionados con la dualidad, y si echamos la vista atrás (emulando una de sus caras) a la historia de la exploración científica, deberíamos entronizarlo también como el dios de la investigación (sobre todo nutricional). ¿Qué otro dios podría respaldar que lo que ayer era bueno hoy es malo o que lo que ayer era verdad hoy ya no lo es?

Acordémonos del colesterol, que saltó a la fama con la maldición de ser el responsable máximo de las enfermedades cardiovasculares. Sin embargo, hoy en día hablamos del colesterol ‘bueno’ y del colesterol ‘malo’. Igualmente hablábamos recientemente en esta sección de cómo las grasas alimentarias ya no tenían el estigma generalizado de antaño y que las había malas (trans), menos buenas (saturadas) y buenas (monoinsaturadas y poliinsaturadas).

En los últimos días, Jano ha amparado también otro tipo de grasa, la corporal, esa que en la sociedad actual muchos vamos acumulando de una manera excesiva e indeseada. Una grasa que en el pasado remoto de la especie humana era, por el contrario, necesaria e incluso venerada ya que podía ser la diferencia entre la supervivencia y la muerte en los tiempos de hambruna.

Esa grasa, sabemos ahora, también viene en dos ‘sabores’ o mejor diríamos ‘colores’. La menos buena, o grasa blanca, que sirve de almacén de energía; y la buena que es la grasa marrón (o parda) que consume energía. En nuestra especie, la primera es la más común y la segunda se pensaba que sólo existía en los bebés, pero más recientemente se ha demostrado que también existe en los adultos, sobre todo en la zona profunda del cuello y sus alrededores.

Por lo tanto, en esa lucha enconada contra la obesidad, la parda es nuestra aliada y la blanca, nuestra enemiga. Lo que está claro es que en los humanos las fuerzas enemigas arrasan numéricamente a las aliadas y así lo demuestra el hecho de que cada vez estamos perdiendo más y más terreno a la obesidad. Basados en estos conocimientos, existe un gran interés por ver si podemos hacer cambiar de chaqueta al enemigo y ponerlo de nuestra parte, es decir, por convertir la grasa blanca en parda y que, desde su nuevo bando, contribuya a ‘quemar’ los excesos de la primera.

En los últimos años, se han ido filtrando en la prensa científica informes positivos acerca de defecciones del campo blanco al pardo, pero en los últimos días la evidencia generada por científicos del Instituto de Alimentación, Nutrición y Salud de Zúrich, recogida en la revista ‘Nature Cell Biology’, ha sido más convincente que nunca. Aunque, como ocurre frecuentemente, el trabajo se ha llevado a cabo en ratones y su éxito en humanos se ignora por ahora.

A este respecto, ya se había observado y demostrado que los humanos (como los ratones) somos capaces de adaptarnos al frío produciendo células grasas pardas dentro del tejido adiposo blanco. Pero se pensaba que este proceso era exclusivo de unas pocas células especiales que estaban capacitadas para tal transformación y que desaparecían cuando no eran ya necesarias. Lo que estos investigadores han demostrado por primera vez es que las células grasas blancas pueden convertirse en pardas y viceversa dependiendo de la temperatura del medio ambiente. Es decir, las blancas se transforman en pardas a bajas temperaturas y éstas revierten a blancas cuando la temperatura retorna a niveles más altos.

Ante tal descubrimiento, la cura de la obesidad parece obvia: emigrar todos a los polos (ecológicamente no muy recomendable) o transformar nuestros dormitorios en neveras (poco atractivo porque no conseguiríamos el propósito buscado si nos cubrimos con múltiples mantas). Por lo que estas sugerencias tendrían un éxito similar en la lucha contra la obesidad al que han tenido otras soluciones previamente predicadas. Por lo tanto, el reto está en desvelar los mecanismos moleculares responsables de esta ‘inter-conversión’ que nos permitan descubrir recomendaciones y terapias más exitosas y llevaderas a través de la alimentación o incluso de la farmacología.

Quizá esto sea también un acicate inesperado para que nos tomemos más en serio lo del calentamiento global y así matar (con perdón) dos pájaros de un tiro. Imaginemos lo que ocurriría con las ya apocalípticas predicciones de obesidad mundial si les aplicamos la corrección al alza de unos grados más en la temperatura ambiente que, obviamente, entorpecerían cualquier interés de la grasa blanca en transformarse en parda.

En resumen, al igual que no estamos predeterminados genéticamente a ser obesos, nuestras células grasas blancas no parecen estar exclusivamente y únicamente dedicadas a almacenar energía sino que, en su momento y dado el estímulo adecuado, pueden cambiar su papel para convertirse en consumidoras de energía. El reto es conseguir esa transformación de una manera racional y controlada para contribuir a la lucha contra la obesidad con más armamento del que ya tenemos (pero no usamos) que es comer sano y movernos más.


José Mª Ordovás* es director del laboratorio de Nutrición y Genómica del USDA-Human Nutrition Research Center on Aging de la Universidad de Tufts (EEUU), profesor de Nutrición y Genética, director científico del Instituto Madrileño de Estudios Avanzados en Alimentación (IMDEA) e investigador colaborador senior en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (Madrid). 

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