EL SECRETO DEL PSICOANÁLISIS.

Por: Ángel Escudero Villanueva, Médico Promotor de la Salud.

El Dr. Gregorio Marañón en su discurso pronunciado en la “Fiesta de consagración de la Medicina”, organizada por la Orden de Médicos, de Portugal el 4 de diciembre de 1954, expuso algunos peculiares aspectos de la práctica médica que, tras el paso de los años, siguen vigentes para el análisis y la reflexión en el siglo XXI.

Gregorio Marañón

Por desgracia, el mundo actual ha hecho que casi desaparezca este tipo de médico que no equivocadamente se llama “de familia”, porque lo mejor de su eficacia dependía precisamente de actuar dentro de la familia, pero sin ser un familiar, es decir, de representar un gesto de confianza y de amor, que venía de fuera pero que llegaba hasta el fondo de la intimidad, como una brisa de madrugada que orea e ilumina una habitación oscura donde se sufre. Sería mejor llamar a este médico, médico de la intimidad, y esto es lo que no son los grandes médicos actuales: amigos de sus enfermos.

La desaparición del médico íntimo, amigo, cordial, ha producido como reacción el médico psicoanalista. El auge actual del psicoanálisis no se debe al genio y al esfuerzo de los psicoanalistas, sino a la angustia de muchos seres humanos que sienten la necesidad de recogimiento y de calor espiritual, para curarse no solo de las enfermedades del espíritu, sino de muchos sufrimientos orgánicos, que el paciente sabe por instinto, desde muchos años antes de crearse  la medicina que hoy se llama psicosomática, que no tienen otra causa que las agresiones sentimentales de la vida, ni otro remedio que la atención y el amor. El psicoanálisis es, pues, una reacción análoga a la homeopatía que nació ante el abuso de los remedios violentos y que hoy, por cierto, si seguimos por el camino que vamos, volverá a resucitar.

Pero claro es que el camino del psicoanálisis es errado también, como lo era el de la homeopatía. Me atrevo, una vez más, a decirlo, afrontando el mal humor de los queridos colegas que se dedican a psicoanalizar; y lo digo con la seguridad de que el tiempo me dará la razón. Y cuando afirmo que el psicoanálisis es errado,  me fundo en dos razones: la primera es su falta de espiritualidad. Ya sé que muchos se sonríen cuando oyen esto, pero aunque se sonrían, es verdad. Al psicoanálisis le falta levantar los ojos hacia arriba, porque, muchas veces, lo que está en el fondo de las conciencias solo se ve cuando se refleja fuera de ellas, en lo alto, en la región de la fe, en lo que no se puede comprender, en la región de la santa quimera, que no puede explicarse la razón. Y la segunda objeción al psicoanálisis es su radical indiscreción. Dijo un poeta español, mucho mejor poeta de lo que se cree ahora, que “la mitad de las cartas que se pierden se deben perder”: y yo añadiría, imitándole, que la casi totalidad de los recuerdos que olvidan los hombres, se deben olvidar, y que, por lo tanto, es insano y temerario el pretender sacar a la superficie de la actualidad esos recuerdos que se hundieron, porque tenían que hundirse, en el légamo de la conciencia.

El médico cordial, clásico, era y es, porque todavía existe, era y es fundamentalmente discreto, y gracias a su discreción era sin saberlo, un insuperable psicoanalista. Era el verdadero médico de la intimidad, porque la intimidad se basa, aunque no lo parezca, precisamente, en una infinita discreción. Solo haciéndonos los distraídos de lo que nos rodea podemos intimar con lo que nos rodea. Intimidad verdadera, radicalmente discreta, sin trasponer nunca la puerta del santo y necesario olvido: he aquí la forma maravillosa de una terapéutica eterna, anterior y superior al psicoanálisis, que está en trance de morir.

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SUGESTIÓN MÉDICA.

Los médicos nos damos cuenta de que hay un margen en torno de cada trastorno, incluso del más orgánico, que solo se deja atacar por la brecha ideal y misteriosa de la sugestión; y que cada médico, aun sabiendo las mismas cosas y empleando las mismas recetas que los demás, lleva consigo una cantidad específica de energía curativa de la que él mismo no se da cuenta y de la que, en definitiva, depende su eficacia, tanto como de su experiencia y de su ilustración.

Y esta fuerza, que no creo que deba llamarse extracientífica, depende, en último término, de una sola cosa: del entusiasmo del médico, de su deseo ferviente de aliviar a sus semejantes; en suma, del rigor y de la emoción con que sienta su deber (1).

(1) Gregorio Marañón. De su libro Raíz y decoro de España, 2ª edición. Espasa-Calpe. Madrid, 1941, página 65.)

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EL CONSUELO Y LA ENFERMEDAD.

El viejo concepto del médico que se proponía curar, aliviar si no lograba la curación, y si ni aun aliviar alcanzaba, consolar, está hoy casi desvanecido; acaso transitoriamente, mientras dure esta luna de miel del hombre con el progreso material, acaso para siempre si la luna de miel es el comienzo, y quizá lo sea, de una perdurable coyunda. El hecho es que el doctor de nuestros días emprende con entusiasmo los problemas médicos susceptibles de curación, acepta como un deber profesional los que solo pueden aliviarse; y abandona al consuelo de los que no tienen alivio al familiar, al amigo, al enfermero. Es evidente que el médico de hoy, a medida que gana en eficacia pierde en dulzura. Las grandes clínicas modernas nos impresionan tanto por el poderío y perfección de sus métodos de cura, cuanto por el automático olvido que en ellas impera, de que los pacientes son seres afectivos y sensibles. El médico va de cama en cama anulando el dolor físico, pero sin una sola reacción de aquella ternura que el clínico clásico administraba con sabiduría y que era uno de los componentes de su reputación y de su grandeza (1).

(1) Gregorio Marañón. De su prólogo al libro El cáncer, del profesor J. H. Maisin, en versión española con anotaciones y un apéndice por el doctor Emilio de la Peña. Espasa-Calpe Argentina, 1950.

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EL SUFRIMIENTO Y LA ENFERMEDAD.

El médico, acechando el hallazgo del estreptococo o de la sífilis, pasa por alto cuando el enfermo o la enferma le cuentan que ha trabajado mucho, que ha sufrido persecuciones, que ha tenido más hijos de los que sus medios económicos le hubieran permitido, que ha vivido en una casa inclemente, que ha tenido que tomar, en fin, durante años y años determinadas drogas, ya por propia iniciativa, ya por prescripción de los médicos hiperterapéuticos que hoy son legión. Y, sin embargo, todas estas circunstancias, todo este sufrimiento, que se repite de unos casos a otros, provoca una misma reacción defensiva inespecífica, que al desfallecer o al exagerarse puede  ocasionar las enfermedades más diversas. El que esta etiología inespecífica produzca una enfermedad u otra depende, probablemente, de la predisposición del sujeto, en el sentido de una debilidad, de una vulnerabilidad previa, constitucional del aparato locomotor o del sistema circulatorio; y quizá, también, de la distinta intensidad con que en cada caso actúan cada uno de los componentes de este factor del sufrimiento o maltrato de la vida (1).

(1) Gregorio Marañón. De su lección inaugural del Curso de perfeccionamiento de Endocrinología, organizado por la Sociedad de los Médicos de los Hospitales Civiles, de Lisboa, celebrado el 3 de abril de 1950.

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LA TERAPÉUTICA DEL CAMPO.

La higiene actual exige una inmediata derivación de los ciudadanos hacia el campo. De poco vale la pretendida higiene individual y doméstica dentro de la cloaca inmensa de la ciudad. Se engañan los que se creen a cubierto de los miasmas urbanos por tener una casa amplia, con las ventanas anchas y todos los recursos de la arquitectura y la ingeniería sanitaria. Contemplemos una gran ciudad, al caer la tarde, desde una altura próxima: Barcelona desde el Tibidabo, Bilbao desde Archanda, Madrid desde el modesto pero insigne Cerro de los Ángeles, y sentiremos todo el horror de la densa y lívida neblina en que se agita la vida de tantos hombres, de los pobres hijos nuestros, de los enfermos que ponemos tanto empeño en curar, de los viejos con su caudal ya tan limitado de vitalidad. Los pobres y los ricos, allá abajo están todos, revueltos en la misma atmósfera insana que igualmente penetra en las guardillas mezquinas que en los palacios, y que es más temible por lo mismo que nos pasa inadvertida. Luchamos contra el agua impura, contra los alimentos adulterados o viejos, con tantos otros enemigos del habitante urbano, y olvidamos el daño mucho mayor que supone la permanencia perpetua dentro del vaho espantoso en que se condensan todas las emanaciones de miles y miles de organismos.

La ciudad moderna tiende, por fortuna, a desparramarse por el campo. Conserva el inevitable acumulo, desgraciadamente necesario para la vida, en el núcleo comercial, donde solo van quedando las oficinas, las fábricas y las tiendas. Pero el hombre ya va comprendiendo que no se puede pasear, o estudiar, o meditar, ni sobre todo dormir, en el mismo sitio en que el cuerpo en actividad llenó el ambiente de excreciones; es preciso, al sonar una hora, coger el tranvía, el tren o el automóvil y alejarse deprisa, como el buzo que después de buscar su tesoro, con la respiración contenida, sale de nuevo a la superficie, ávido de aire.(1)

(1) Gregorio Marañón. Del trabajo Elogio médico de la Sierra de Gredos, publicado en el libro Yuste y la Sierra de Gredos. Fue editado por la Comisaría Regia del Turismo y Cultura Artística, en Madrid en 1919. Artes Gráficas, pág. 73. 

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